Un cuento antiprincesas-para princesas de hoy en día

¿Por qué un cuento antiprincesas?

Me parecía que un cuento antiprincesas ya era necesario porque, buff, los tiempos han cambiado mucho, sabéis? y ya va siendo hora de revisar el material y los conceptos que vienen en los cuentos tradicionales, tal vez si los analizáramos en profundidad, descubriríamos que han hecho más mal que bien a la humanidad, pero sobre todo a las mujeres, a su papel en la vida y a su independencia.

Cuando leáis este cuento antiprincesas, los que tengáis suficientes años para entenderlo, veréis que en él hay mucho de realidad y que está escrito desde una perspectiva alegre y desenfadada: estoy segura de que os sacará alguna sonrisa.

Que lo disfrutéis mucho!!!!

 

 

Un cuento antiprincesas – para princesas de hoy en día

Había una vez una princesa que vivía en un castillo, y tal.

Siendo muy pequeña le habían enseñado que al alcanzar determinada edad, se casaría con un príncipe y tendría hijos y de esta manera podría ser feliz para siempre.

Pero la princesa salió rebelde.

En lugar de quedarse en el castillo a esperar al príncipe decidió irse por ahí a explorar el mundo, no fuera a ser, que la vida tuviera algo mejor para ella que un príncipe con sus correspondientes hijos.

Toda su familia quedó desolada pues se esperaba de la princesa que siguiera la tradición, lo que tantas generaciones se había estado haciendo para garantizar ¿la continuidad del reino?

Tanto fue así, que sus progenitores la mandaron a buscar para traerla de vuelta al castillo.

La princesa rebelde se había estado pegando la vida padre jugando con flores, lobos, pájaros y bichos en el bosque y cuando la encontraron, lo último que deseaba ella en su vida era volver al castillo a esperar a un príncipe, así que a los emisarios del rey no les quedó otro remedio que llevársela a rastras…

La ataron con cien mil cadenas, una por cada habitante del reino, que impedían que la princesa fuera quien realmente ella era.

La encerraron en la torre del castillo para que viera la vida pasar bajo la terrible amenaza de que jamás sería feliz hasta que no aceptara comportarse como es debido.

Uff, pero la princesa es que era muy rebelde ¿sabéis? Así que se hizo amiga de una rata que la ayudó a escaparse al bosque a jugar con sus flores, sus pájaros y sus lobos.

Éstos últimos, los lobos, le hacían mucha gracia a la princesa porque, aunque de día parecían príncipes, de noche se convertían en lobos impertinentes que aullaban a la princesa como si ella fuera la luna llena.

Así, gracias a su rebeldía y a sus andanzas por el bosque, conoció a esta clase de seres tan singulares y a otros muchos.

Para infortunio de la princesa, los emisarios del rey volvieron a encontrarla y a encadenarla y llevarla al castillo porque el príncipe la estaba esperando.

Una vez allí, no tuvo más remedio que tener una audiencia con él y con su padre y con su madre, y nada, todos empeñados en casar a la princesa rebelde.

Cuando vio al príncipe…pensó que estaba de muy buen ver, pero de sus andanzas por el bosque a la princesa ya se le había hecho el ojo a los lobos con piel de príncipe… resultó que lo que tenía delante era uno de ellos.

Como supuso que tratar de hacerle entender qué clase de príncipe era aquel a sus padres iba a ser muy complicado, prefirió esta vez no decir ni mu, y trazar un plan fantástico.

La princesa rebelde se casó con el lobo con piel de príncipe, pero en la misma noche de bodas le advirtió que sabía quién era él y le exigió que la dejara irse al bosque a vivir en libertad o le contaría a todos que, en realidad, él era un lobo.

Éste, si tenía miedo a algo, era al qué dirán, que por eso mismo se disfrazaba de príncipe siendo lobo, así que aceptó a cambio de que la princesa se diera una vuelta con él.

La princesa aceptó encantada, pues como hemos dicho, el lobo estaba de muy buen ver y, según la opinión de la princesa, si bien estos lobos no sirven para mucho tiempo, para una vueltecica son muy divertidos.

Siendo ya libre en el bosque y sin que nadie la persiguiera, la princesa conoció a un muchacho, que fíjate tú por dónde, no era un príncipe, era sólo un muchacho…siguió andando su camino y él la siguió y ella descubrió que el camino junto al muchacho era más divertido porque tenía con quien jugar todo el rato.

Pero sucedió que, en cierto punto, el muchacho quería ir al río y la princesa a la playa, así que se separaron, pero no tristes, sino felices por la parte del camino que habían recorrido juntos y por todo lo que habían jugado.

Y así continuó su camino la princesa rebelde: sabiendo que todo lo que apareciera en él sería bueno, siempre que ella mantuviera ese poquito de rebeldía que hace falta para saber que lo mejor para uno mismo no tiene por que ser lo que los demás digan.

FIN

¿Te ha gustado esto de parar un ratico y leer algo que te ha dado qué pensar?

Puedes volver a hacerlo siempre que quieras.  Si dejas aquí tu email  yo te enviaré de vez en cuando cosas chulas que te darán qué pensar 

Y para hoy: que lo que quede de tu día sea sencillamente fantástico!!!!   

 

 

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