Dos Españas

Hay dos elementos que han sido claves a la hora de escribir este relato histórico: una pintura hiper-realista y el loco pintor mexicano que la creó.

Hace algo más de un año conocí a Edgar Patterson, pintor hiper-realista mexicano, por internet y pronto iniciamos una amistad en la que la creatividad desbordaba todas y cada una de nuestras conversaciones: yo soy cielo, él es nube. Él el pintor loco, yo la escritora demente.

Más allá de ser una fuente de creatividad, Edgar ha sido el Pepito Grillo,-la voz de mi conciencia- de escritora.

Él me empujaba a escribir cuando yo ya sólo leía leyes, él me hacía reflexionar con sus imágenes en el mundo etéreo de lo creativo, que está mucho más allá del mundo práctico en el que yo me he andado moviendo últimamente.

Él ha sido mi único nexo de unión con la escritora que llevo dentro durante este último año y por ello le estoy tremendamente agradecida.

Pintura hiper-realista Edgar Patterson

Cierto día, Nube me envió esta imagen. Nada más verla quedé hechizadísima por la magia y la intemporalidad que desprendía.

No podía ubicarla en un año concreto, así que podía ubicarla en todos.

A nivel personal, me veía reflejada en ella y Nube pintó en la mano de la mujer un anillo de libélula que yo solía llevar.

Y aunque parezca una fotografía, la cafetería no existe, y la mujer no soy yo. No es una foto mía, es una pintura del pintor loco mexicano hecha con pincel y óleo….

He aquí lo extraordinario del hiperrealismo de Edgar Patterson.

El siguiente relato histórico está ambientado en la España de la transición de la dictadura franquista a la democracia y en la España de 2017 en plena convulsión política por la independencia de Cataluña

Un relato histórico de dos Españas

Ensimismada en su lectura, sentada en el pequeño café, Lucía conseguía olvidar la semana negra que había vivido España.

Ya sin dictador, ya sin democracia, el país se dividía entre los que querían reinstaurar el régimen franquista y quienes apostaban por mirar más alto, por mirar a los demás países de su mismo continente que, tras la segunda guerra mundial, evolucionaban hacia el pleno respeto al ser humano, garantizando sus derechos, a la vida, a asociarse, a expresarse y a luchar por aquello que fuera justo.

Estudiante de periodismo y sin ideas políticas bien definidas, Lucía aún no había sufrido el bocado atroz de la censura, pero sabía que existía y que, si no luchaba por “la libertad de expresión” –en todas sus formas- sufriría el maltrato de sus ideas, de sus escritos, de sus derechos.

Aquella semana había sido funesta: un grupo ultraderechista irrumpía a pistoletazos en el despacho de los abogados laboralistas del Partido Comunista matando a cinco personas y dejando heridas a cuatro.

Lucía había organizado parte de la marcha en protesta por los asesinatos junto con su grupo de la facultad. Ninguno de ellos era, ni se sentía, comunista, ellos pertenecían a otra época, a otro tiempo.

Pero lo que menos se sentía ninguno de ellos era terrorista. Esa forma de hacer, de imponer, ya no tenía cabida en una sociedad que elevaba la vista hacia una democracia dentro de Europa.

Llegado el día, la manifestación en repulsa por “la matanza de Atocha” fue tan multitudinaria, y fue tan ejemplar, que al gobierno no le quedó más alternativa que legalizar al exiliado Partido Comunista para que pudiera concurrir en igualdad a los demás partidos a las elecciones.

Mientras esperaba a sus compañeros de facultad en el pequeño café, Lucía leía “Las nubes”, de Azorín. Comprendió a través de aquellas nubes que describía el autor, que en aquel preciso momento, ella se sentía exactamente igual que se sintieron los vencedores de la revolución francesa:

No, Lucía no era Comunista. Era demócrata. Celebraba el derecho de España a poder votar cualquier ideología en libertad.


Aquella mañana, Meritxell había quedado con sus compañeros de facultad en el pequeño café para organizar la manifestación pacífica a favor del derecho a decidir en Cataluña.

Después del maltrato por parte de las fuerzas del estado, y la vergüenza que había sufrido el pueblo catalán en referéndum del 1 de Octubre, la única alternativa de los ciudadanos, silenciados a golpe de porra, era manifestarse pacíficamente.

Mientras esperaba a sus compañeros en el pequeño café, Meritxell leía “Las nubes”, de Azorín. Comprendió a través aquellas nubes que describía el autor, que en aquel preciso momento, ella se sentía exactamente igual que se sintieron los luchadores de la revolución francesa.

No, Meritxel no era independentista, no estaba a favor de la independencia de Cataluña. Era demócrata. Aspiraba a, algún día, poder celebrar el derecho de España a votar cualquier ideología, en libertad.

Fin

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