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El mar de cristal, un cuento sobre el mar menor

Había una vez una princesa que vivía en un reino de cristal.

Claro, como todo el mundo sabe, el cristal además de ser muy bello, es muy frágil y hay que tratarlo con mucho cuidado porque se rompe con facilidad.

Algunos habitantes del reino habían estado abusando del uso del cristal: todos los otros reinos querían comprar cristal del reino de cristal porque su luz, que era la luz del agua y del sol del desierto a la vez, era muy apreciada y valorada en todo el mundo.

Pero los deshechos de los habitantes del reino y los de sus fábricas de cristal estaban destruyendo el propio reino.

Pasaron los años y los elegidos por los habitantes del reino de cristal para arreglar aquellos destrozos siempre repetían que la situación iba a cambiar, lo decían con muchas bonitas palabras, sobre todo cuando tenían que ser elegidos de nuevo, lo decían también promulgando leyes que sólo servían para ser leyes que nadie leía y que ellos mismos escondían en el fondo de sus cajones de las mesas de cristal, boca abajo, para no verlas y recordar que alguien tenía que cumplirlas.

El mar de cristal aguantó bastante tiempo, hasta que se enteró de que a los gobernantes de aquel reino les importaba más la tauromaquia que el propio mar.

Se puso enfadado y tan triste que enfermó y dejó de ser transparente.

Se volvió oscuro.

Los habitantes del mar de cristal dejaron de serlo para convertirse en estrellas que cuidaban con su luz de todos los moradores del reino de cristal que lloraban con pena tanto destrozo.

Cierto día, alarmados por las noticias que llegaban a todo el mundo de que el mar de cristal se había convertido en el mar de la oscuridad vinieron al reino unos emisarios de otro reino lejano para ver exactamente qué sucedía en aquel reino de cristal.

La princesa de nuestro reino de cristal, en el que por cierto, debo aclarar que todas las mujeres del reino eran igual de princesas, esa tarde había salido de fiesta con otras princesas amigas suyas después de trabajar.

Encontraron las princesas de su agrado a este grupo de emisarios del extranjero y se pusieron a hablar con ellos, resultando que uno de ellos se quedó prendado de la princesa.

No queriendo que acabara la tarde, salieron a dar un paseo por el reino de cristal, y allí, entre la brisa del reino y su luz de atardecer del desierto, la princesa pudo explicar al emisario con la alegría y la dulzura de los moradores de aquel reino lo que le había pasado al mar de cristal.

Habitaba en la princesa la luz de una de las estrellas que antes había sido habitante del mar de cristal y, tras su paseo con el emisario, otra estrella bajó a quedarse con él.

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A lo mejor ahora le gustaría al lector que el emisario hiciera cosas maravillosas allí en su lejano reino, cosas que devolvieran al mar de cristal su transparente color turquesa.

Pues verás, lector, es que los habitantes del reino de cristal aún seguimos esperando que eso pase.

Por el momento, nos tenemos que contentar con que muchas estrellas, que antes fueron habitantes del mar de cristal, bajen a quedarse con muchos habitantes de éste y otros reinos

A ver si así –siendo muchos- logramos que pasen las cosas que tienen que pasar para que el mar de la oscuridad deje de serlo…

Para que nunca más ningún mar enferme y ahogue sin vida a todos los seres que habitan en él

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