el secreto de las estrellas

«el secreto de las estrellas»

Ambientado en la época romana, en el Balneario de Archena, El secreto de las estrellas es el primer relato histórico que compone la colección que lleva el mismo nombre. A continuación podéis leerlo, disfrutarlo y sé de buena tinta que algunos también vais a trabajarlo en clase ;-P

Llegamos cuando en el cielo de Archena ya se dibujaban una inmensidad de estrellas. El aire deambulaba entre los árboles agitando las hojas, levantando a su paso los aromas más sutiles de unas flores que, aunque no pudiera distinguir en la oscuridad, ya me eran más que gratas por su fragancia.

Así que éste era el lugar; esta tierra era la elegida por las deidades del agua para salir a la superficie y curar a los humanos de sus males…

Habían sanado a Claudio de las profundas heridas que sufrió en una caída de su caballo. A su retorno a Carthago Nova, mi Amo preparó la cena más grande que jamás hubiera dado para homenajearlo, celebrar su triunfo y su regreso. Claudio era su más apreciado cliente, y el único al que encargaría algún asunto delicado de entre todos los clientes que le rendían homenaje cada madrugada.

A lo largo de la copiosa cena, Claudio relató con detalle a los invitados cómo gracias a la intervención de los dioses que habitan en estas aguas sus heridas cicatrizaron de forma muy rápida y limpia, lo que le permitió estar a tiempo en la ciudad para detener un hecho que hubiera dañado enormemente la economía y la reputación de mi Amo, perjudicando para siempre su carrera política.

En este acontecimiento, mi Amo no vio solamente el favor de Mercurio, dios del comercio, llegó a la conclusión de que debía hacer una ofrenda a los dioses del Templo y las Aguas que tanto habían favorecido a Claudio y, como consecuencia, a él. Además, la pronta curación de su protegido no hacía más que sumarse a la fama, ya extendida por el Imperio, de la bondad de los dioses con los enfermos en este lugar, y mi señor, aquejado de largos dolores en la espalda y las piernas, también tenía la esperanza de ver mejorar su salud. Por todo esto, a la mañana siguiente, se nos ordenó a los esclavos preparar el equipaje, los carros y los caballos para emprender el viaje a la mansio de Archena, lugar en el que nos alojaríamos durante un tiempo.

El trayecto fue largo y agotador, sobre todo para los caballos. En la caravana viajábamos: distribuidos en tres carros el padre de familia con su mujer, sus tres hijos y varios de sus clientes; cuatro carretas con equipajes y una carreta para  dos personas que nos podíamos turnar los esclavos para descansar (este privilegio lo reservamos a los más mayores, pues afortunadamente, íbamos descansados ya que no teníamos que acarrear nosotros mismos con el equipaje de los patricios). Pero los animales sí se asfixiaban debido al calor y la inmensa carga, así que tuvimos que renovarlos en más de tres ocasiones en diferentes tabernas y tomar otros para poder irlos turnando.

Los saltos, brincos y rebotes de las ruedas del carro en las piedras de la calzada agravaron los dolores de mi amo, cuando hubimos llegado pidió hablar con el representante imperial encargado de regentar la mansio para que los alojara cuanto antes y, no pudiendo él mismo llevar la ofrenda al templo hasta que hubiera descansado, me ordenó a mí llevar una gran bolsa de monedas:

– Muchacho, ¿estás cansado?- me preguntó mi Amo con su torrente de voz autoritario e intimidante desde su carro. Era una pregunta a la que yo sólo podía dar una respuesta: no. En realidad estaba exhausto, pero sabía que lo que mi amo verdaderamente había querido decir era “muchacho ven aquí ahora mismo, y más te vale estar bien dispuesto porque ya sabes lo que le ocurrió a tu padre cuando dejó de estarlo”

– No estoy cansado, Amo, estoy perfectamente. Ordenad lo que deseéis.- Dije tratando de forzar enérgicamente mi voz, aunque no pude evitar que sonara un poco apagada y temblorosa.

– Toma esta bolsa de monedas. Debes ir al Templo y arrojarla en mi nombre a los baños para Sulis Minerva, que es la diosa que hace que las aguas curen, y para Eshmun, dios de la medicina, la salud y las aguas salutíferas y el gran Apolo. Anda con cuidado y cumple bien el encargo, ten por seguro que si cogieras una sola de estas monedas caería sobre ti la ira de los dioses y esta misma noche te alcanzaría un rayo, ¿me has entendido muchacho?-

-Perfectamente, mi Dueño. – Contesté. Yo sabía que ese encargo se lo debería haber hecho a alguno de sus clientes, pero había oído muchas veces a mi Dueño decirle a su hijo que los clientes que venían a la casa a hacer el saludo, a excepción de Claudio, eran hipócritas, falsos y embusteros, sólo pretendían recibir el dinero que él les entregaba una vez concluida la tertulia para poder comer, pues algunos de ellos, a pesar de haber nacido libres, eran tan pobres que de ninguna otra manera hubieran podido, y aspiraban a heredar algo de patrimonio. Además de todo esto, su fiel cliente Claudio había descubierto un complot de varios de ellos con el rival político de mi Amo. Por todo esto, los odiaba y no confiaba en ellos, pero a la vez, necesitaba de su apoyo para mantener su posición en el cargo público que desempeñaba. Ésa era  la razón por la que los invitaba a venir y, sin embargo, me encargaba a mí llevar las monedas al Templo.

 Desde el lugar en que me encontraba podía vislumbrar las antorchas que iluminaban el Templo, el camino para llegar hasta él tenía farolas colgantes, no obstante, fui a pedir una lucerna a uno de los esclavos del encargado de regentar la mansio.

 Entré en el Templo de las termas, el fondo estaba iluminado por una gran antorcha en el centro de la capilla. Por lo tarde que era, esperaba un lugar solitario. Pero dentro del baño había una mujer. Me escondí detrás de una columna, temiendo que si me veía se asustara y quisiera marcharse. Los vapores del calor que emanaba del agua, y lo distante de mi posición, apenas me permitían distinguirla,  pero aún así la adiviné mojarse el cabello, jugar con sus manos con el agua y a fe mía que hasta cantó, con una voz tan dulce que hubiera conmovido hasta los guijarros de la calzada por la que vine.

¿Pero qué ser es éste, que no teme la oscuridad de la noche? ¿Será una divinidad del agua? Debe ser una ninfa, una ninfa de aguas sulfurosas, ¡Albunea!, debe ser Albunea. ¿De verdad estaré viendo a una náyade de los manantiales?

Empecé a temer que el cansancio estuviera enturbiando mis sentidos, y aún con esta merma, tenía que llegar al depósito donde caía el agua nada más brotar para depositar en él las monedas. Recorrí sigilosamente el templo, ocultándome entre las columnas en que me era posible…estaba a punto de acceder a la estancia que yo creía sería la que albergaba la fuente, cuando oí un chapoteo y pataleo en el agua, y una voz gritaba:

– “Ayuda, por favor, ayuda”- Temí que la mujer se estuviera ahogando. Solté la lucerna y las monedas que cayeron en el borde y me lancé al baño para salvarla, pero no lograba verla, giré mi cabeza a un lado y a otro, no atisbé ni una sombra.

De repente la figura apareció delante de mí, me amenazaba con una piedra de un tamaño que entre aquella oscuridad, se me figuraba descomunal.

-¿Qué hacías merodeándome?- me preguntó. El tono soberbio en que me había hecho la pregunta no consiguió degradar la dulzura de su voz, al contrario, la hacía más encantadora si cabe. No supe qué decir.

Esperaba que me lanzara la piedra con la que me amenazó, que me insultara, que vociferara pidiendo ayuda, algo…en lugar de todo aquello, se dio media vuelta y alejándose de espaldas a mí me preguntó:

– ¿Sabes cuál es el secreto de las estrellas? – y se marchó, riéndose. Dejando el eco de aquella risa y la imagen de aquella figura de espaldas grabados para siempre ya en mí.

Tras hacer la ofrenda en el lugar señalado volví con la lucerna, empapado, a la mansio; me cambié las ropas, y me acosté pero ya no pude dormir. Pasé toda la noche pensando quién sería ese ser…en mi fuero interno estaba convencido de que era una náyade, entonces…¡yo era el hombre más afortunado del Imperio por haberla visto! ¿Cuál podría ser el secreto de las estrellas? ¿Por qué me habría hecho aquella pregunta? Si le hiciera una ofrenda, ¿me concedería un deseo?.

Lo cierto es que poco tenía yo para ofrendarle a la náyade pues como esclavo no podía poseer nada de nada, ni siquiera una esposa. Mi única pertenencia era una pequeña figurilla de mármol, un niño acariciando a un perro que mi padre me regaló y que siempre llevaba encima, escondido, porque si se enteraran podría hasta costarme la vida…En cambio, sí anhelaba algo, deseaba con todas mis fuerzas no correr la suerte de mi padre: ponerme enfermo y ser abandonado a la muerte porque mi amo no pudiera sacar ya de mí ningún rendimiento como esclavo, ni pudiera obtener ningún valor vendiéndome. Tomé la firme determinación de volver por la noche a buscar a la náyade, le entregaría mi figurita, mi única posesión, y el recuerdo de mi padre, como ofrenda y le pediría que ahuyentara la enfermedad de mí, para no ser abandonado a la muerte nunca. Esa noche también decidí no contar nada de lo acaecido a mi amo, por el momento, porque si me creyera, sentiría envidia por no haber sido él quien viera a la náyade; y si no lo hiciera, me tomaría por loco, y no podría salir de eso nada bueno para mí.

Por fin cayó la noche y pude regresar al Templo, a lo largo de todo el día había sentido mucho miedo de que cuando volviera la náyade no estuviera, pero si estaba. Esta vez, estaba tan cerca de la antorcha eterna consagrada a Minerva, que pude verla bien: sentada en el borde del baño, con las piernas sumergidas en el agua vestía una túnica que parecía de seda de oriente, blanca, tenía el pelo negro, largo y rizado, no lo llevaba recogido, ni peinado como la mujer de mi amo y sus hijas, caía suelto sobre sus hombros. Era joven y  guapa. Me sorprendió su imagen, pues yo me figuraba a las náyades más pequeñas y bastante feas, con alas y otros atributos de pájaro y de pez, sin embargo ella parecía verdaderamente humana, y una humana muy hermosa.

Manteniéndome en la distancia, me arrodillé, y con la voz más suave que pude le dije:

– Albunea, deidad de las aguas de este milagroso manantial, perdona mi osadía al hablarte e importunarte en tu baño. He venido para hacerte una ofrenda, pero como soy un esclavo, mi regalo no tiene mucho valor, aún así, espero que lo aceptes.

-No soy Albunea, esclavo-. Me dijo con voz melódica, y continuó:

-Mi nombre es Cuma, soy una sibila. Puedes acercarte, muéstrame el regalo que pretendes entregarme, y dime qué es lo que quieres a cambio, porque seguro que algo anhelarás ¿no es así? Dime ¿cuál es tu nombre?

-¡Oh! Sí. Me llamo Víctor y mi deseo, yo…quisiera, si fuera posible…–. trataba de relatar mi deseo de la manera más ordenada mientras me aproximaba a ella, estaba nervioso, incluso tartamudeaba, pero no era para menos, yo, un simple esclavo, me encontraba en presencia de una sibila y además, ésta había accedido a escuchar mi petición. Le conté la historia de mi padre, cómo había sido dejado morir. Rememorar todo lo que sucedió me entristeció, es posible que de esa tristeza sacara la fuerza con la que le dije mirándola con mis ojos empapados en lágrimas:

-¡No quiero enfermar, dejar de tener valor para mi amo y que me abandone a la muerte!

– ¡Ah, eso!- repuso con tranquilidad, como si mi deseo fuera el más fácil de conceder de cuantos hubiera escuchado, mientras yo me aproximaba despacio, añadió:

– Acércate más, dame tu ofrenda. ¿Sabes ya cuál es el secreto de las estrellas? -. Y se reía, con una risilla graciosa, traviesa,  como la de una niña que esconde algo y se divierte viendo cómo los demás se vuelven locos tratando de encontrarlo.

-Yo…yo..lo he estado pensando toda la noche, pero no…no sé de qué puede tratarse.- Le dije mientras le entregaba, con mi mano temblorosa, la figurilla que mi padre me había regalado.

Me sentía abrumado, no sabía exactamente qué querría esta sibila de mí, por qué se reía, aunque su risa no me inspiraba ningún temor, tampoco me hacía sentir cómodo. O tal vez fuera que yo no estaba acostumbrado a ver seres divinos, y pensaba que debía andar con cuidado para no despertar su ira…

 Cuando cogió la figurilla, vi en su cara reflejada la sorpresa, y me dijo con voz emocionada:

– Así que eres otra vez tú. Llevaba esperándote muchos años ¡Tu deseo ya está concedido! Víctor, debes saber que sólo existen dos fuerzas que mueven el mundo: la obtención de un beneficio o el temor a una pérdida. Tu miedo (temor a una pérdida) ha sido la fuerza que te ha traído hasta aquí, y si lo has sentido es porque era necesario para encontrarte conmigo, pero ya no debes de temer más. Escucha atentamente y graba mis palabras en tu corazón, pues sólo haciendo esto verás cumplida tu petición:

Invierte todos tus pensamientos en aquello que deseas y no prestes atención, ni a una sola idea que refleje lo que temes. Porque perseguir el beneficio siempre es  más eficaz que huir de tus temores.

Persigue con toda tu energía la salud y tu miedo por la enfermedad desaparecerá,  y junto con tu miedo, se desvanecerá cualquier sufrimiento.

¿Has entendido bien?

-Si, creo que lo he comprendido, pero no sé cómo yo sólo voy a evitar la enfermedad en mí, al fin y al cabo, todos enfermamos…

-¿Alguna vez has oído el nombre de una persona por primera vez, y después, inevitablemente no has dejado de evocarlo?

-Um, sí, eso me ha sucedido varias veces, por ejemplo: hace tiempo conocí a un esclavo llamado “lagartija”, me pareció un nombre muy curioso. Lo cierto es que a los pocos días conocí a otro esclavo que se llamaba igual, en la villa de mi amo aparecían más lagartijas de lo habitual, hasta me pareció ver el dibujo de una grabada en las piedras de un templo.. sí, inevitablemente no dejaba de evocar al “lagartija” aunque no quisiera.

-Pues con el beneficio y la pérdida sucede exactamente lo mismo: si concentras tu atención en tu salud (beneficio) “aparecerán” en tu camino los medios o herramientas con que fortalecerla. Si por el contrario, persistes en sentir miedo a la enfermedad, a lo largo de tu vida evocarás males, dolores y padecimientos (pérdida).

Y dime Víctor, ¿cuáles son tus sueños?

-Pues…no sé, el otro día soñé que mi Amo me vendía a otro Patricio por algunas monedas, y me aterraba entrar a servir a un Amo nuevo, porque éste apenas me iba a dar de comer…

-¡Para!- me interrumpió con voz atronadora, y prosiguió:

-Me refiero a tus aspiraciones, aparte de tener una muy buena salud (que no un horroroso miedo a la enfermedad) ¿qué es lo que quieres tú de esta vida?-

-Es que yo nunca he pensado nada de eso, porque yo soy un esclavo, no puedo tener aspiraciones, no puedo tener nada, no puedo tener esposa, no puedo tener hijos, porque pudiera ser que mi amo no los aceptara y me viera obligado a abandonarlos, mi amo no me deja tener ni un poco de dinero y no puedo tener posesiones materiales, mi única posesión te la he entregado a ti, y tú me has dado ese consejo…¡más me hubiera valido que hubieras intercedido en mi favor con los dioses para que me concedieran la Salud!

-Uff- gruñó la sibila- esto va a llevar más tiempo del que esperaba.- Después pareció serenarse y se dirigió a mí en un tono dulce y protector:

– Víctor, no seré yo quien interceda en tu favor con los dioses. Lo harás tú. Tú eres co-creador de tu propia experiencia. Puede que ahora mismo no comprendas bien mis palabras, pero créeme. Sólo necesitas recordar siempre el consejo que antes te he dado. Tal y como te he dicho, grábalo en tu corazón y en algún tiempo lo entenderás. Respecto a tus aspiraciones, dado que no pareces tener ninguna, yo misma te sugeriré una: debes aspirar a conseguir tu libertad-.

Me quedé un poco pensando, mi libertad, pero ¡si eso era imposible!, mi amo jamás me la regalaría, ni estando en su lecho de muerte, pues jamás se la dio a otros esclavos que le sirvieron mucho mejor que yo…la única forma sería comprarla, pero es que yo no tenía dinero, mi dueño no me lo permitía.

-No sé Sibila Cuma, yo no creo que pueda conseguir tal cosa, es imposible: eso es como ¡crear imperios en el aire!

-No hay nada de malo en crear imperios en el aire, es ahí donde se deben crear los imperios: en el aire, en tu mente. Y luego, ¡ponte a trabajar para conseguirlos!.- Decía esto la sibila con voz risueña mientras que alzaba sus manos…al lado de este ser todo parecía tan fácil que yo hasta pude imaginarme siendo libre, y me gustó tanto…el olor y el sabor de la libertad estaban tan cerca de mí, que tuve que creer en sus palabras porque la sensación que las acompañaba era maravillosa. Y continuó:

– Si, eso, es la ambición. Todos los seres del universo deben tenerla en su justa medida. Esa es la fuerza que hace que las plantas crezcan y sean capaces de dar flores y frutos, la fuerza que lleva a los animales a cazar y alimentarse, y a los hombres a crear imperios. La ambición en exceso provoca destrucción. Pero la ambición, en su justa medida, beneficia, al que la posee y a todos los demás. Tú no tenías ambición, sé que ahora ya la tienes, procura no excederte jamás y esta cualidad os beneficiará, a ti y a tu entorno para siempre. Una persona es tan grande como el sueño que persigue, de aquí en adelante trabaja en crear tu propio imperio, debes alcanzar tu libertad. Y ahora dime, ¿sabes escribir?

-No, no sé escribir. Cuando era pequeño y el pedagogo venía a la casa a enseñar a los hijos del amo yo les espiaba desde la puerta y trataba de hacer lo que le exigían a ellos, pero eran contadas las veces que podía merodearlos, no tenía tiempo, tampoco a nadie que pudiera enseñarme…¡pero sé dibujar!

Cuando mi padre era pequeño  un comerciante vendió a su Dueño unas pinturas arrancadas de una casa de Pompeya. A mi padre le gustaron tanto, que quería tenerlas para él, así que por las noches, cuando todos dormían, trataba de reproducirlas en piedras, o cualquier otro lugar. Desde niño me enseñó a utilizar los carbones de la cocina por las noches, y cuando los patricios se iban al circo, mi padre sacaba unas brochas hechas de sus propios mechones de pelo atados a unas ramitas de olivo y tinturas de los colores que obtenía de la uva y otros vegetales. Así aprendí yo a dibujar.

-¡Eso es maravilloso!- dijo la sibila alegre, a la vez que daba una palmada de emoción. Se levantó, se fue a la oscuridad, y volvió con un pergamino.-Dibujarás aquí tu imperio, dibujarás a un hombre libre. Guardarás este pergamino en una botella, la taparás con pez y la echarás a las aguas. De esta manera los dioses sabrán lo que deseas y te ayudarán a conseguirlo. Pero nunca olvides que el primero que debe querer conseguirlo debes ser tú. Cuando tu imperio se haya creado, cuando seas un hombre libre, volverás aquí, dibujarás tu deseo ya realizado en un pergamino que meterás en una botella y echarás al agua tapada con pez. Así, el agua me lo contará a mí y yo te daré un oráculo.  Ahora márchate. Ya sabes todo lo que necesitas saber.

Salí despacio del templo andando marcha atrás, trataba de no darle la espalda a la sibila, trataba de memorizar cada detalle de aquel momento: los colores, los olores del agua y de la sala…Agradecí más de veinte veces su ayuda, hasta que llegué a la puerta del Templo, donde dí me media vuelta y empecé a correr. Como estaba demasiado excitado para poder conciliar el sueño, me marché a la orilla del río Segura, y allí me senté a contemplar el reflejo de la luna llena infinitamente interrumpido por las ondas de la corriente.

No podía ser un sueño, debía ser real, porque yo estaba despierto. Había ido a ofrendar mi única posesión a la deidad del agua, y había salido de allí con mi deseo cumplido (si bien aún no tenía muy claro cómo se cumpliría) y con un sueño: ser libre. Vaya, ser libre. Desde luego si fuera libre jamás sería abandonado por un amo a la muerte como mi padre. Resonaban en mi memoria las palabras de la sibila:

“Invierte todos tus pensamientos en aquello que deseas y no prestes atención, ni a una sola idea que refleje lo que temes. Porque perseguir el beneficio siempre es  más eficaz que huir de tus temores.”

A partir de entonces perseguiría con todas mis fuerzas la salud, y de alguna manera que yo aún desconocía, también la libertad.

A los pocos días de este suceso, estaba tan contento, tan radiante y feliz de que los dioses me hubieran elegido que no cabía en mí de gozo. Los demás esclavos se percataron de este cambio, y aunque yo al principio no quise decirles nada, Beatriz, la peluquera de mi ama y sus hijas, finalmente me lo sonsacó. Le relaté entera toda la historia, pidiéndole que no lo contara a nadie.

Pero eso fue justo lo que hizo, lo predicó a todos los esclavos, y lo que fue peor, a mi ama, quien también se lo contó a mi amo.

Los demás esclavos me ridiculizaron, cuando pasaban por delante de mí, riendo a carcajada limpia sacaban su trasero, erguían su pecho y me decían: “mírame Víctor, soy la diosa de las aguas de Archena y te concedo la libertad, ja ja ja ja, ¡por eso sigues siendo esclavo! ¡Esa noche tú le estuviste robando el vino al amo y viste a los dioses, ja ja ja!

Mi amo si creyó mi relato, pero se puso furioso, estaba convencido de que la deidad debía haberlo favorecido a él puesto que las monedas ofrendadas al templo eran suyas. Me pegó una paliza. Justo cuando estaba a punto de caer inconsciente le mentí, confesé haberle robado vino esa noche, le dije que todo era muy confuso…De no haber mentido me habría matado a latigazos.

En los días que siguieron las heridas que el látigo había dejado en mi cuerpo se infectaron, me sacudía empapado en sudor y me volvía a dormir. Entre la consciencia y la inconsciencia recordaba las palabras de la sibila: “persigue la salud”, la salud para mis heridas era…era…era Claudio cayendo de su caballo, Claudio había cicatrizado sus heridas gracias al agua del templo…”

Beatriz se sintió responsable de que casi me matara mi amo, y estuvo conmigo todo el tiempo que pudo. Cuando desperté del sueño del caballo de Claudio le pedí que por favor trajera agua de la que brotaba del manantial del templo, que sabía que sanaría y cicatrizaría mis heridas. Y así fue. Pronto me encontré mucho mejor y, aunque dolorido, pude continuar sirviendo a mi dueño.

La mañana antes de tener que marcharnos de vuelta a Carthago Nova, fui al manantial a por agua para cocinar. Allí me encontré con un hombre que vestía pobremente, al ver mis heridas me preguntó:

-Muchacho, ¿qué te ha sucedido? Estás lleno de cicatrices.

-Mi amo me pegó una paliza-. Contesté con voz débil, casi en un susurro, por si alguien me oía.

-¿Le desobedeciste?

-Si…si…eso, más o menos.- Me sentía muy triste. A la inmensa alegría de haber conocido a la sibila había sucedido una de las peores experiencias de mi vida. Ya no sabía qué pensar, ni qué creer, si tener fe en los dioses me había acarreado tal desgracia…Miré al hombre con ojos llorosos.

-Escúchame muchacho, sea lo que sea que te aflige, ven conmigo un momento y yo te enseñaré el deseo de los dioses. No iremos muy lejos, el corral está aquí cerca, ven.

-¿Quién es usted?¿Por qué quiere enseñarme el deseo de los dioses?- Pregunté con cierta ansiedad.

-Yo soy un augur. Interpreto “las señales” para conocer qué augura el porvenir. Ahora vamos al corral de la mansio. Allí echaremos de comer a los gallos y veremos. Quiero enseñarte el deseo de los dioses porque sé que tengo que hacerlo.

Y en el corral, el augur echó granos a los gallos, y los gallos comieron.

Muchacho, los dioses hablan, a través de los gallos, de tu buena fortuna. No estés más triste. Recuerda siempre que:

La imagen de tu futura buena fortuna aliviará las desdichas del presente

Después de aquello volví a creer, con todas mis fuerzas, volví a creer. Por la noche, mientras todos dormían, yo dibujaba en el pergamino, a la luz de una lucerna, mi sueño con un carboncillo que había cogido de la cocina de la mansio. El hombre, libre, navegaba en un barco por el río de la vida. Metí el dibujo en una botella y la tapé con pez. La llevé a las aguas del templo y allí la tiré para que los dioses, y la sibila, supieran que finalmente había construido mi imperio en el aire, y que ahora ya lo había construido en papel.

En los meses siguientes vi como día a día mi deseo se estaba cumpliendo: dejé de ver la enfermedad, mi atención se concentraba en cómo curar, así aprendí sobre ungüentos, pócimas, aguas saludables, masajes con aceites, ejercicios, alimentos y cualquier otra forma de terapia que llegara a mis oídos, a mi vista, o a mi olfato, yo la memorizaba, y cuando me resultaba muy difícil, por la noche la dibujaba en una piedra. Recordé más de mil veces las palabras de la sibila: “tú eres co-creador de tu propia experiencia”. Yo había creado miles de formas de salud en torno a mí, y tal  como la sibila me dijo, mi miedo a la enfermedad había desaparecido.

Pero además, todo mi acontecer cambió de repente en una noche.

Mi amo daba una gran cena en honor a un Patricio, senador de Roma, del que necesitaba obtener determinados favores para conseguir el ascenso político que había ansiado toda la vida.

En un momento, mientras yo servía el vino caliente en las copas, este hombre tan importante afirmó:

-Pagaría el oro y la plata si encontrara quien pintara las paredes de mi villa al estilo de Pompeya-.

Yo casi tiré el vino de lo nervioso que me puse, esa era, esa era la forma en la que yo compraría mi libertad. Un escalofrío de alegría me recorrió todo el cuerpo. No dije nada en ese momento. Pasé toda la noche pensando de qué manera le plantearía a mi amo la cuestión para que accediera a mis pretensiones.

Al día siguiente todo parecía estar a mi favor, a lo largo del saludo de aquella madrugada, Claudio había desvelado a mi amo las intenciones del senador de Roma de favorecer a su rival, mi amo no sabía qué hacer, ni por donde tirar. Yo sería su oportunidad de conseguir el beneplácito del senador y cuando así se lo expresé, mi amo me contestó:

-¿Tú? ¿un esclavo? ¿Me puedes decir exactamente cómo crees que un ser cómo tú va a conseguir tal hazaña?-.Diciendo esto dejaba ver una gran irritación, la vena de su frente se hinchaba, siempre que esto pasaba a mí me daba mucho respeto, mejor dicho, miedo. Pero hoy no. La imagen de mi libertad era mucho más poderosa que el miedo a una paliza. Recordé las palabras del augur…

-Si, mi amo, yo podría.-dije en tono firme y decidido.- Pero antes, necesito que me dé su palabra de que si lo consigo me liberará, y me convertiré en liberto.

-¡No entiendo nada, esclavo! Está bien, si eso es lo que quieres a cambio de mi tan deseado ascenso en política, te doy mi palabra de que daré la libertad. Y ahora explícame cómo tú vas a conseguir tal cosa.

Le expuse a mi amo la historia de mi padre, de las pinturas arrancadas de las casas de Pompeya, de sus noches, de las noches en que me enseñó. Mostré a mi amo algunos de mis dibujos en piedras, y mi amo se convenció de proponerle al senador que probara mis servicios en su villa, que estaba situada en esta misma región.

Y así, tuve que hacer un largo viaje, pero llegado allí comencé a pintar como si el mundo se fuera a acabar. El senador quedó impresionado con mis pinturas y pagó a mi amo por mis servicios: con sus favores y con oro y plata.

Mi amo me dio la libertad. Aunque seguía a su cargo, yo ya era un hombre libre.

Ese día estaba tan contento, estaba tan feliz…lo primero que hice fue hacerme con un pergamino, y dibujar a un hombre libre, lo metí en una botella y lo tapé con pez, tan pronto como me fuera posible iría a Archena a echar la botella al agua para que la sibila supiera que mi imperio había sido creado.

Y tan contento quedó el senador con mis pinturas, y tan influyente era su opinión, que hubo muchos más patricios que quisieron que yo pintara sus casas y villas al estilo de Pompeya. Así, comencé a ganar dinero, dinero que podía poseer, porque ya era un liberto.

La fortuna quiso que muy pronto volviera a Archena, debía decorar las paredes de la mansio. Preparé con mucho cuidado el viaje, tomé un buen saco de monedas para ofrendar a la sibila, ¿qué habría sido de ella? ¿me la encontraría la misma noche que llegara? 

El viaje lo hice en carro, que era bien distinto que hacerlo andando. Y llegué al lugar. Los aromas de las flores que tan gratos me parecieron la primera vez que vine no habían cambiado en nada, el sonido de las hojas también era el mismo, pero yo…yo estaba mucho más radiante.

El representante imperial me indicó las paredes que debía pintar, y me mostró dónde dormiría. Como aún era de día fui a buscar al augur, deseaba contarle todo lo que había acontecido en mi vida, pero no lo encontré; pregunté por él a los esclavos, pero ninguno parecía haberlo visto, nunca.

Por fin anocheció y pude ir al Templo. Como fuera aquella primera noche, con mi lucerna en la mano y una bolsa de monedas, entré para hacer mi ofrenda y entregar mi botella a las aguas.

 Anduve sigilosamente por el borde de los baños, buscaba cualquier rastro de la sibila. Deposité mi ofrenda y mi botella y cuando me marchaba oí una voz dulce que me llamaba:

-Víctor, ¿eres tú?

-¡Sí! Soy yo, sibila Cuma. He venido..he vuelto aquí, tal y como me dijiste. Gracias sibila Cuma por tu ayuda: todo este tiempo he perseguido la salud, perdí el miedo a la enfermedad, así, el deseo que te pedí se vio cumplido…pero lo mejor de todo es que finalmente ¡creé mi imperio!

-Si ya lo sé Víctor-. La sibila sonreía radiante.-. Te felicito, lo has hecho muy bien. Ven a verme cuando hayas terminado tus murales, y te daré tu oráculo.

-Sibila Cuma, hay una pregunta que me he estado haciendo todo este tiempo ¿cuál es el secreto de las estrellas?

-Vaya, veo que no lo has olvidado…Víctor, he aquí el secreto que las estrellas tenían para ti:

Ningún esclavo pesimista conquistará jamás la libertad

Puse toda mi alma en pintar las paredes de la mansio, deseé con todas mis fuerzas que aquellos murales se pudieran ver a través de los siglos.

Y dibujé en ellos una rosa, símbolo de la ambición, pues como la sibila me dijo: “es la fuerza que hace que las plantas crezcan y sean capaces de dar flores y frutos”.

Y dibujé en ellos un gallo comiendo grano, símbolo del deseo de los dioses de mi buena fortuna.

Y dibujé mi imperio hecho realidad en el muro: el hombre libre navegando por el cauce del río de la vida.

La noche antes de iniciar mi viaje de vuelta regresé al templo a escuchar mi oráculo. Encontré a la sibila bajo la antorcha eterna, sentada igual que me la encontrara la noche que me hizo creer en mí, y con sus ojos levemente entornados y su voz dulce y suave me dijo:

– Ahora escucha atentamente tu oráculo:

“A través de tu arte, los que te contemplen, verán en sí mismos aspectos ocultos, que son los verdaderos responsables de su razón de existir”

En el secreto de las estrellas no es ficción

Los romanos consideraban que todas las aguas estaban habitadas por dioses, por este motivo erigían templos en nacimientos y manantiales; dentro de ellos se hacían ofrendas para obtener  beneplácito y/o aplacar la ira de las deidades.

En el Balneario de Archena, bajo lo que hoy se conoce como el hotel Termas se encuentra la galería termal, y bajo ésta, existe un Templo romano que data del siglo I d.c. Los trabajos de arqueología en torno a él debieron ser suspendidos por las condiciones adversas del lugar  (brotes de agua a 53 grados centígrados) y para no poner en riesgo los cimientos del hotel (construido en el año 1862).

No obstante, a fecha de hoy es visible desde la galería termal la entrada al Templo, semi-inundada, y en el fondo del agua un sin fin de monedas…y no son romanas, son euros; al parecer en el siglo XXI las personas  seguimos ofrendando monedas a las aguas.

En la entrada exterior a la galería termal se pueden ver, acordonados, bordes de la piscina romana que existía en el Templo. Dentro de la galería están expuestas partes de sus grandiosas columnas.

Los restos de la mansio fueron hallados de manera accidental cuando se proyectaba la ampliación de la estructura del balneario. Actualmente a esa zona se la denomina “yacimiento arqueológico” y está a la vista del visitante.  La mansio data del siglo I d.c., era el hotel que alojaba a los romanos provenientes de distintos puntos del Imperio para recibir las aguas salutíferas y hacer sus ofrendas.

Dentro de ella había una cocina en la se encontraron restos de carbón. Además de la zona de servicio, disponía de varias habitaciones distribuidas en dos plantas. Las paredes de dichas habitaciones estaban decoradas con murales al estilo de Pompeya. Entre otros motivos se hallaron murales de una rosa, un barco con un romano sobre él (lo que hizo pensar a los arqueólogos en un indicativo de que por aquellas fechas el Segura fuera navegable) y un gallo.

En la documentación que realicé para este libro encontré que los romanos veneraban las figuras de los “augures”, éstos interpretaban “señales” como el modo de volar de los pájaros para predecir el futuro.

Había muchas señales de “buen augurio” como por ejemplo: la presencia de avispas, o que un gallo comiera grano.

Desconozco lo que el autor de los murales pretendió trasmitir con su obra. El sentido que le doy en el cuento es mi interpretación.

Dentro del yacimiento también se encontró una canalización  de agua desde la montaña que había sido construida en el mismo periodo por los romanos, perduró a través de los siglos y posteriormente fue utilizada en el s.XIII por los árabes para la construcción de una aceña, que es el elemento en torno al cual gira el siguiente cuento: “la tortuga mora”. A fecha de hoy dicha canalización sigue aportando agua potable, aunque no se usa.

La sibila Cuma escribió los libros sibilinos, textos proféticos que fueron conservados y consultados por los sacerdotes a lo largo de los siglos.

Fue pintada en la Capilla Sixtina por encargo del Papa Julio II junto a las sibilas Délfica, Persea, Eritrea y Líbica porque cada una de ellas predijo la Era Cristiana.

La leyenda afirma que Cuma era hija de una ninfa y que vivió muchas vidas humanas de más de 100 años cada una.

Actualmente, en el Museo Factoría Romana de Mazarrón se exhibe una pequeña figurilla de mármol, un niño acariciando a un perro que data del s. I d.c.

En esta misma localidad se han encontrado vestigios de un Templo romano consagrado a Isis cuyas paredes están decoradas al estilo de Pompeya, data del s. I a.c.

La “bolsa” subterránea de la que brotan las aguas termales tanto de Archena como de Mazarrón es la misma.

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un relato histórico tardoromano