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«La erótica del poder» 13

novela erótica romántica - punto y coma

Cuando el día empieza a clarear, Isabella me despierta chispeante con su enorme sonrisa y su pelo rizado alborotado. Está guapísima. Pienso que lo daría todo por despertar todos los días así como hoy, aunque fuera en tienda de campaña.

La cojo con los dos brazos y me la siento encima

-Ven aquí tú – le digo

Ella se inclina para darme un larguísimo, profundo, húmedo y delicioso beso de buenos días que hace que mi misil se ponga en posición de ataque. Ella lo nota y dice con su sonrisa:

-Ahora no. Vamos a meditar

-Sabes que no sé

-Sabes que yo puedo enseñarte. Al menos la postura

-Esta postura me gusta más.

-Vaaaamos…habrá tiempo para eso después.

-Nooooo vaaaale. Me pones la miel en los labios y después me la quitas

-Deja de quejarte. Vamos a la cascada donde estuvimos la otra vez. Allí te sentarás en este cojín a concentrarte en tu respiración.

-¿No me queda otra, no?- le pregunto poniendo cara de chico interesante, arqueando una ceja a ver si así la seduzco.

-No. No te queda otra

-¿Estarás conmigo?

-No. Volveré aquí. Voy a dibujar

Vamos a la cascada donde un millón de sensaciones positivas y placenteras me recorren sólo de escuchar el agua caer y ver la piedra en que me senté cuando Isabella me hizo “aquello”. Y se ve que se me debe notar muchísimo lo que realmente me apetece porque ella interrumpe mis disertaciones con un:

-Sabes que no. Que ahora no. Venga, siéntate aquí y cruza las piernas. Apoya cada una de tus manos en la rodilla de su lado y repite continuamente el mantra “la respuesta correcta siempre acude a mí en el momento que la necesito”

-Y ¿por qué tengo que repetir eso?

-Para mantener tu mente ocupada. Calla ya y haz lo que te digo- se agacha para darme otro beso que hace que yo, ni postura, ni meditar, ni pollas, lo que quiero es follarme a Ella de nuevo y que acabe diciéndome que es mía.

La agarro otra vez y me la siento encima y empiezo a lamerle la parte de sus tetas que el escote me deja mientras se las masajeo y hundo mi cabeza en ellas ¡dios qué gustazo!

-¿De verdad que no quieres ahora?

Por toda respuesta obtengo un semblante que intenta aparentar seriedad, pero sé que por dentro se ríe. No voy a tentar mi suerte, de todas formas, no vaya que se enfade y me deje sin mojar en todo el día.

-Vaaale. Voy a ver si medito.

-Estupendo, luego nos vemos.

Y me quedo allí sentado y solo intentando concentrar mi atención en la frase. Pero sólo intentando porque me doy cuenta de lo jodidamente indómita que es mi mente, menos en la frase que quiero, pienso en cualquier cosa. Al cabo de un larguísimo rato, ya desesperado de la guerra que se está librando entre mi intención y mi atención dentro de mi cabeza tiro la toalla y pienso ¡Que le den! Ni frase ni ostias. Si la mente quiere vagar a sus anchas que haga lo que le dé la gana porque no hay quien la controle. Entonces decido convertirme en espectador de los cientos de pelis distintas que se proyectan en mi mente. Además de pelis, hay melodías, canciones, imposibles de hacer que paren de sonar.

No sé cuánto tiempo llevo cuando mi cuerpo llama poderosamente mi atención. De una forma muy extraña, me estoy notando crecer por dentro ¡cómo mola! Es una sensación de lo más agradable.

Estoy un buen rato así, cuando una de las pelis que aparece me desconcierta: es la imagen del monte ardiendo. Conejos, aves, y otros bichos tratan de huir de las llamas, pasan junto a mí y yo, paralizado por el estupor ante lo que estoy viendo. Miro mis manos, están manchadas de sangre. Es mi sangre. ¿No lo he conseguido? ¿No he conseguido detener el incendio?

Me levanto del cojín súbitamente y siento que, a pesar de la horrorosa visión que acabo de tener, me siento tremendamente ligero, como flotando, como si pesara muchos menos kilos que antes.

Hablo con Isabella, me mira con cara de angustia escuchando mi relato. Intenta tranquilizarme diciéndome que puede ser todo obra de mi imaginación pero hay algo en el timbre de su voz , en la expresión de su rostro que me dice que miente, porque siento como dentro de ese cuerpo en el que tan cómodo me siento, ahora mismo habita el pánico.

-Me voy

-¿A dónde vas?

-Voy a acabar con toda esta sinrazón. Voy a encararme a Pepe.

-Quiere matarte

-Pero no dejaré que lo haga. Igual que no dejaré que este monte arda.

Llamo a mi amigo el taxista para que me recoja en el mismo punto que cuando vine con Ella por primera vez. Ella me acompaña en silencio, por este monte, que hoy está completamente gris, completamente cubierto de nubes.

A la llegada al lugar junto a la playa en que nos besamos por primera vez, Ella me dice en un tono de voz mezcla seductor y cariñoso:

-Lo primero que haremos cuando volvamos a vernos será hacerle el amor al mar.

-¿Haremos el amor en el mar?

-No. Le haremos el amor al mar.

-No tengo ni idea de qué puede ser eso, pero ¡me encanta!

-Ven aquí. Quiero que afrontes este día de buen humor.

Y yo, me imagino, como siempre, una mamada de la boca de Isabella que tan bien sabe amoldarse a mi polla. Pero no creo que tenga tanta suerte. Vete tú a saber por dónde me sale.

Ella me lleva a un lugar apartado rodeado de árboles frondosos y con el suelo cubierto de una fina hierba verde. Me tumba boca arriba se sienta sobre mí, se quita el vestido y me cubre los ojos con él al tiempo que se inclina hacia mí para susurrarme:

-No quiero que muevas ni un solo músculo de tu cuerpo ¿entendido?

Un torrente de emoción me recorre el cuerpo entero concentrándose, claro está, en mi misil que crece aún más, si cabe, en busca de Ella.

Me desabrocha la camisa y me acaricia todo el torso con una hoja, o algo así, de tacto suave. Toda mi piel se eriza bajo el mando de Isabella que impide con un “sssshhhhhh” cualquier intento de mis manos por agarrarla. Me desabrocha los pantalones y no llevo ropa interior, así que todo lo mío queda al descubierto para que ella siga acariciándolo. Entre besos y mordiscos a sus labios, que es lo único que me deja hacer cuando ella quiere acercarse a mi boca, cambia el instrumento de su masaje. Ahora utiliza sus pechos y sus manos en un suave contoneo que recorre todas las partes desnudas de mi cuerpo.

Tanto contenerme, el no poder tocarla, hace que la pasión crezca aún más, hasta el punto de creer que me estoy volviendo majareta o que voy a explotar. Si al menos la muy cabrona acabara ya (y no lo hace aunque le suplico) no estaría sumido en este agónico placer, que es extenuante, y que me hace perder los sentidos cada vez que ella decide aumentar la fuerza o la intensidad de sus movimientos. Pero Ella parece saber exactamente dónde y cuándo está mi límite para no dejarme ir. Y me enciende y enfría como le da la gana, haciendo crecer mi fuego hasta límites desconocidos para mi ser. Conteniendo una energía que me parece incontenible.

Exploto, ya no puedo más, la agarro de las caderas porque voy a follármela ya.

-Noooo.

La obedezco.

Entonces Ella me lame entero, desde la cara hasta los huevos, deteniéndose con deleite en ellos. Se los mete en la boca, ambos. Me muero de gusto. Sigue masajeándolos con las manos y dirige ahora su boca hacia mi polla. Se la sumerge entera dentro apretando los labios. Y en esta parte pierdo el sentido, otra vez. Pero, muy a mi pesar, el placer es tan intenso que no creo que hayan pasado más de treinta segundos hasta que me corro.

-Bruja. Me has vuelto loco.

-Te dije que te la iba a devolver. Y esto no es nada en comparación con lo que te espera, cada vez que a mí se me venga en gana.

Ni que decir tiene, que no creo que pueda existir en el mundo experiencia mejor que ésta para afrontar un día duro. Ni amenaza más prometedora que la que Ella me acaba de hacer. No se lo digo, pero lo pienso “tú puedes hacer conmigo lo que quieras”

El taxi me lleva a mi casa, a lo largo de todo el trayecto voy estrujándome la sesera para inventar una solución a este problema.

Me ducho, no sin cierta pena por estar quitando de mi piel la saliva de Ella, y me pongo mi ropa. Al coger uno de los relojes que tenía en el vestidor lo veo claro. Es el reloj de Pepe. Toda la solución a este problema está en el Rolex que Pepe utiliza para grabar las reuniones importantes que él llama “sus moneditas de oro” (artículos exclusivamente de colección, pero que en caso de necesidad extrema se pueden emplear como moneda de cambio).

Pepe tiene grabadas todas las reuniones con la armada invencible, en que se detallan todos los sobornos que hemos intentado hacer.

El plan es que los miembros de la armada invencible se enteren, por rumores provenientes de terceros, de que existen esas grabaciones. Se sentirán traicionados y le pedirán explicaciones y amenazarán con retirar la financiación del resort.

Conociendo a Pepe como lo conozco, cuando se vea acorralado, les amenazará con sacar las grabaciones a la luz si se retiran del proyecto.

Ante esta tesitura, la armada invencible conseguirá las grabaciones, las destruirá y se retirará para siempre de cualquier negocio con Pepe. Su fama de tramposo se extenderá y nadie querrá prestar apoyo económico al proyecto del resort, ni a ningún otro en el que intervenga Pepe.

El dichoso proyecto se irá a la mierda.

Lo bueno, lo maravilloso, de haber pasado tantos años junto a Pepe es que conozco estrechamente su círculo de amistades. Y lo bueno, lo maravilloso, de tener a Stef es que puede espiar y usar a su antojo cualquier teléfono móvil del que yo le facilite el número.

Llaman a la puerta, debe ser el guardaespaldas que Mario me ha buscado. Perfecto. Mientras él revisa toda la casa yo llamo a Pepe, con la intención de darle una oportunidad de que salga de este proyecto loco en que nos metimos. Enciendo mi móvil de siempre y lo llamo:

-Pepe. Escúchame muy atento. Te llamo para darte la oportunidad de detener el proyecto del resort.

-¿Oportunidad Delfín? ¿tú me vas a dar a mí la oportunidad Delfín?

-Sí, Pepe. Cuando lo concebimos no calibramos las consecuencias tan devastadoras que tendría para el medio natural. Estamos aún a tiempo de detenerlo. Recomenzar un proyecto nuevo.

-¿El medio natural?- me interrumpe gritando- el medio natural me importa una mierda. Y tú, tú pagarás cara tu traición, muy cara.

-¿No me digas Pepe? No te temo. Entérate.

-Entérate tú de que tu medio natural a estas horas ya ha empezado a arder y tú eres hombre muerto.

Cuelgo el teléfono. No puede ser.

Llamo a Stef con instrucciones y datos para que haga salir de determinados números de teléfono mensajes alertando sobre las grabaciones de Pepe. Aunque lo primero que debe hacer es alertar a los bomberos.

Es curioso como el temor por mi vida está prácticamente extinto, pero el pánico por la vida de Isabella se apodera de mí. Temblando la llamo:

-¡El monte está ardiendo! El Sensei ha cazado a no de los pirómanos y nos ha confesado que han venido en una cuadrilla de más de veinte para crear muchos focos de forma simultánea.

Estamos refugiados en la cascada, desde donde tratamos de sofocar el fuego que nos rodea con agua, pero no sé, no sabemos si saldremos de aquí con vida- me grita Isabella.

-No. No puede ser. Ella. Aguanta. Mía, aguanta.

-Si ya no volvemos a vernos, debes saber que te amé. Adiós admirador.

El temblor y el llanto me sacuden, se apoderan de mí. ¿Qué he hecho? ¿De verdad no he sido capaz de detener esta locura que yo mismo concebí? No puedo perder a Ella.

Desoyendo los consejos de mi guardaespaldas, bajamos al garaje a coger uno de mis deportivos, el que más corre, para llegar al monte cuanto antes.

El humo y las llamas se ven desde lejos, las aves huyendo hacen que recuerde la visión que había tenido esta mañana del monte ardiendo y mis manos manchadas con mi propia sangre.

Está todo lleno de coches, de personas que trasportan bidones y garrafas de agua con sus propias manos, de bomberos, de animales huyendo del humo y las llamas despavoridos.

Ahora y sólo ahora, me doy cuenta de las masacres que puede llegar a provocar el egoísmo humano. Que ha bastado el empecinamiento de un par de mentes obtusas para hacer reventar la barbarie que ahora presencio. Y, sin embargo, he aquí, cientos de personas arriesgando sus vidas para detenerla.

Sólo un pequeño porcentaje de la humanidad es el responsable de la desgracia del resto del planeta. Y los demás, como auténticos héroes anónimos hacen todo cuanto está en sus manos para mitigar una desgracia de la que no son culpables.

-La mayoría de los focos están controlados-me dice un bombero gritando al preguntarle- estamos teniendo mucha suerte porque la gente de los alrededores se ha movilizado muy pronto y muy rápidamente trayendo cualquier cosa que les viniera a la mano donde echar agua. Además está a punto de llover. Este monte se salvará.

-¿Y dentro?

-Los focos de dentro son los que aún permanecen activos, a la espera de que llegue el helicóptero, y de la lluvia. Es muy peligroso adentrarse.

Empapo mi camisa en un bidón de agua dispuesto a llegar hasta Isabella o perecer en el intento.

En este preciso instante, todo se detiene. Siento un dolor profundo en mi estómago. Noto líquido saliendo de mi boca, me toco, es sangre. Llevo mis manos y mi vista al abdomen. Las veo manchadas de mi sangre, tal como las había visto esta mañana.

Y lo entiendo todo. Lo entiendo todo.

Me caigo al suelo y noto la lluvia mojar mis párpados cerrados y mi cuerpo desnudo.

Ya lo entiendo todo.

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