novela erotica romantica la erotica del poder

«La erótica del poder» 2

-Señor, si hubiera sabido que vendría no hubiera permitido que el reservado lo ocuparan los clientes…

-No te preocupes Maurice, yo y el caballero nos sentaremos en esta mesa, tráenos un par de copas de vino y lo que quiera- Le digo al maitre señalando a Mario.

Maurice se marcha apuradísimo, para una vez que me paso por el restaurante, no tengo el reservado a mi disposición. Bah, es igual. Podemos hablar en las mesas.

– Se llama Isabella- empieza por contarme Mario – pero quienes la conocen la llaman Ella. Vive en el barrio obrero del ensanche, en un ático.

No tiene pareja estable, pero como viste en el club, pretendientes no le faltan, de hecho, Alfonso, mi jefe está obsesionado con ella. Por eso yo y mis compañeros a menudo la seguimos y damos cuenta a Alfonso de lo que hace y con quién.

-No lo entiendo. ¿Tienen algo ella y Alfonso?- Pregunto interesadísimo

-No lo sé a ciencia cierta, yo sólo cumplo órdenes ¿sabes? pero tengo oídas de que hace muchos años tuvieron un lío. Desde entonces Alfonso ha estado con otras mujeres pero, por lo visto, no se la ha sacado de la cabeza.

-y ella ¿sabe que él no la ha olvidado?¿sabe que la espiáis?

-Pues algo debe sospechar sí, porque ya nos ha visto más de una vez cerca de ella… y nos saluda tan normal, con una sonrisa de oreja a oreja, ella es muy sonriente.

-¿Y vuelve al local?

-Pues sí. Está claro que Alfonso se la trae floja, apenas lo saluda. Además, la tía se enrolla allí mismo con cualquier tío que se le viene en gana.

Al principio Alfonso nos ordenaba que los interrumpiéramos empujando, o como fuera, mientras se besaban… pero como veía que la reacción de ella era salir del local dándose morreos con el afortunado de turno del brazo, dejó de ordenárnoslo. Ahora él se calla. Pero todo, desde que ella llega, hasta que ella se va, está orientado hacia ella: la luz, la seguridad, la música, los camareros, todo.

-Vaya. ¿y dices que no tiene pareja?

-No. Tiene muchos ligues, pero nada formal. No vive con nadie. Tiene un perro grande, un pastor alemán.

-¿Sabes a qué se dedica?

-Sí. Es artista. Pintora. Viaja mucho fuera del país porque expone a nivel internacional. Si quieres ver algo de su obra, precisamente esta semana la galería “le beau” se exhiben sus últimas pinturas.

Um, qué bien –pienso yo- claro que voy a ver algo de lo que hace, claro que sí, y si me gusta me daré un caprichito, el arte es una buena inversión.

Por un momento me veo tentado a preguntarle los apellidos y seguir con mi investigación sobre la bailarina en google, y a través de ciertos contactos que me deben algunos favores, pero no. Prefiero que sea ella misma quien me revele toda esa información…me acuerdo de la ley diamante de Pepe “información es poder”, pero hay un matiz: esto no son negocios, sino placer.

Y siendo realistas: soy inteligente, joven, guapo y rico. Caerá rendida a mis pies al primer asalto, como todas.

-Oye Mario, ¿qué aficiones tiene? Está claro que le gusta bailar…-

-Aparte de bailar, nada, practica artes marciales, corre, hace espeleología y esgrima, que yo sepa.

Madre mía –pienso-  que tía. Yo sólo hago una hora de gimnasio al día y media la dedico a ligar con las féminas que hay por allí.

-joder, joder, ¡¡¡Mario!!! ¡sal zumbando para el aseo, tu jefe está a punto de entrar por la puerta!

En efecto, Alfonso acaba de traspasar la primera de las dos puertas del restaurante. Recuerdo entonces otra de las leyes de Pepe “no te crees un enemigo si existe alguna forma posible de evitarlo”.

Salgo al encuentro de Alfonso.

Inmediatamente comprendo que no es casualidad, ni mucho menos, que un tipo tan controlador como Alfonso aparezca en mi restaurante estando yo hablando con uno de sus empleados: ideo una maniobra que despiste su atención de la bailarina, al menos temporalmente.

Acabará enterándose de mis planes (acostarme con ella), pero para entonces ya se me ocurrirá otra cosa, o asumiré los daños colaterales de mis hazañas.

Invito a Alfonso a una distendida cena, en la que el vino propicia que crea que estaba hablando con su empleado porque me había gustado su estilo trabajando y quería que tuviera una charla con los empleados de seguridad de mis empresas.

Hago que Maurice ponga al tanto al pobre Mario en el aseo, quien al cabo de un rato sale, y simulando conmigo la falsa negociación del coloquio, se despide y nos deja.

Alfonso, entre risas jocosas, me dice:

-Te lo puedes quedar, es el que menos vale.

Como anillo al dedo me viene la afirmación para cumplir mi acuerdo con Mario sin granjearme una enemistad con Alfonso. Y para rematar la faena, alabo el fantástico criterio para seleccionar personal de Alfonso:

-Pues si Mario, que tanto me ha gustado, es el que menos vale, tu plantilla es una mina de oro, Alfonso. Debes ser un crack para seleccionar personal.

-Qué va- me contesta Alfonso medio borracho- mano dura es lo que necesitan todos estos vagos, mano dura y se enderezan solos.

Volviendo a casa, reflexiono sobre todo lo que está pasando: no me extraña en absoluto que Mario piense que su jefe es un cretino y que se quiera largar. El liderazgo que aplica Pepe, y yo, que lo he aprendido de él, es bien distinto: lo que busca un empleado en la mayoría de los casos es la seguridad de recibir un sueldo a fin de mes, de no ser así, sería autónomo, o empresario. Para garantizar esta seguridad al empleado existen dos caminos bien diferenciados: la obtención de un beneficio o el temor a una pérdida.

En concordancia con la ley diamante de Pepe de “no te crees un enemigo si existe alguna forma posible de evitarlo” siempre se debe tomar en primer lugar el camino de la obtención del beneficio…y sólo en casos en que esto falle, emplear el temor a una pérdida…o como Alfonso lo llama “mano dura”

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