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«La erótica del poder» 3

Y mano dura es lo que intentamos aplicar Pepe y yo al día siguiente con el dichoso concejal de medio ambiente. Nada, que no da su brazo a torcer.

Rechaza el Rolex.

Rechaza el sobre con la pasta.

Tenemos que pasar a las amenazas. Pepe saca un sobre lleno de fotos en las que aparece él tirándose a la amante (el tío tuvo los santos cojones de follársela en mitad del monte, al aire libre) y amenaza con enviárselas a su mujer.

Pues va el tío y nos contesta que mucho mejor, su matrimonio lleva años muerto ¡hasta le haríamos un favor!

Y que no da luz verde al proyecto porque supondría eliminar un bosque que está protegido por tal y cual ley, que lo que queremos hacer es ilegal, que es el hábitat de no sé qué especies que están en peligro de extinción y que no piensa llevar ese cargo sobre su conciencia.

Nos marchamos del despacho sin haber cumplido nuestro cometido. Una vez fuera le digo a Pepe:

-¿qué hacemos tío?

-No te preocupes delfín, toma nota de esta ley diamante, por si no la sabías “lo que no consigue el dinero, ni la vergüenza, lo logra la influencia”  iremos a los que ejercen influencia sobre él, a los que están por encima dentro de su propio partido, utilizaremos el dinero, y si es necesaria la vergüenza. En poco tiempo a este concejalucho se lo devorarán sus propios compañeros.

Siento una pequeña punzada en el corazón. ¿realmente es necesario? Sí, lo es. El concejal había sido muy tajante.

 “El pez grande se come al pez chico” no podemos dejar que nuestro proyecto sea devorado por el pez chico del concejal de medioambiente.

No nos deja otra alternativa que acabar con él, políticamente hablando.

*

Vestido de punta en blanco entro a “le beau” a ver la obra de la bailarina. Me quedo atónito.

A los pocos segundos de contemplar cualquiera de sus obras, sucede algo extraño, una especie de chispazo en el cerebro, un destello, se abre paso de manera muy poderosa el sentimiento que creó esa obra.

El observador se convierte en lo observado. El simple gesto de mirar una de estas pinturas hace que quien la mira sea literalmente poseído por la emoción que representan.

De hecho esta colección se llama “emociones”

Y no me sucede sólo a mí. En la galería hay otras personas que expresan, con otras palabras, este mismo pensamiento.

La bailarina es un genio. Y su obra capaz de conmover hasta las piedras.

-Pepe tío- llamo ansioso a Pepe para que venga- teletranspórtate a la galería de arte “le beau”. Yo estoy aquí y estoy a punto de gastarme una pequeña fortuna en adquirir toda una colección, quiero que me des tu opinión.

Mientras espero a Pepe voy disfrutando de mis futuras adquisiciones. Me embelesa, en especial, una de ellas.

Se llama “pasión”

Es un óleo de matices riquísimos. Los contrastes de sombra y luz iluminan a una pareja que se besa acaloradamente rodeados de una multitud de personas que luchan entre sí.

Me acerco más y más a la obra, quiero tocarla, quiero tocar la emoción de la pasión que expresa este óleo. Una oleada de sentimientos me invade cuanto más me acerco. Y cuando tengo mi dedo puesto en la cara de la chica oigo:

-Perdone caballero. Las obras no pueden tocarse.

-Eh, si, perdone, perdone. Me dejé llevar por la pasión ¿sabe? …Éste ¿es usted de la galería?. Estoy interesado en negociar el precio de la colección.

-Sí, por supuesto- El tono de la voz de la que me ha cazado cambia dramáticamente- Mi nombre es Diana, soy la responsable de la galería. Podrá encontrarme en el despacho de dirección: al fondo a la derecha. Creo que le interesará saber que la artista, Isabella, vendrá en diez minutos. Tal vez desee conocerla.

-Me encantará- digo yo tratando de disimular el desbordante entusiasmo que siento.- La visitaré en su despacho cuando termine de ver la colección. Gracias.

Pepe llega, también de punta en blanco, porque espera que de aquí nos vayamos a cenar con unos políticos que manejan el cotarro a nivel regional. Serán los que, si las negociaciones salen bien, se limpien al concejal de su puesto.

-Delfín. Esto está más que chupao – me dice Pepe- tengo información sobre éstos. Unos amigos empresarios míos me han confirmado que ejercen el poder suficiente para quitar al concejal de en medio y lo que es mejor: lo aceptan todo, tío.- Viéndolo pronunciar esta última frase, Pepe se parece más a un crío chico con un caramelo que a un gran empresario que está a punto de corromper a un par de políticos. Me tengo que reír.

En mitad de nuestra explosión de júbilo veo entrar a la bailarina, cómo no, acompañada de un pedazo de tío, súper gigante y musculoso, y oigo que le dice:

-¡Sensei! Ven, mira, por este pasillo está la obra que tú inspiraste-

¡Oh! Dios mío. Qué voz. Nunca la había oído hablar. Tiene una voz suave, dulce. Una voz de terciopelo. Una voz que hace que desees volver a escucharla.

Me quedo mirándola, ha agarrado al tipo por el brazo y se lo lleva, ¡no! Van directos a la “pasión”. ¿Cómo?¿él ha inspirado esa obra maestra?¿ese tío? Noto como una mezcla de celos y envidia me recorre desde las uñas de los pies hasta los pelos de la cabeza. Aprieto los dientes.

-Delfín, Delfín, tío ¿qué te pasa? ¡estás desencajado! – Pepe me habla y ni lo oigo. Él no se ha dado cuenta de quién acaba de llegar. Me cuesta un poco reponerme del shock.

-Nada Pepe, vamos a dar una vuelta por aquí. Quiero que me des tu opinión sobre las obras.

Recorremos los pasillos, procuro evitarla a ella y a su amigo íntimo, o lo que sea aquel tío. Después de la tercera obra. Pepe no puede contenerse y exclama:

-Estas obras son jodidas obras maestras. Si no las compras tú, lo haré yo Delfín ¿quién es el artista?

-Es la bailarina.

Compro toda la colección sin regatear ni un solo céntimo con la tal Diana. Aunque me lo propune, rechazo conocer personalemente a Isabella. No yendo ella con el tal Sensei ése. Vaya nombre. Sensei.

*

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