novela erotica romantica la erotica del poder

«La erótica del poder» 5

novela erótica romántica - soledad

Estamos a miércoles ya y no me ha llamado. Al principio pensaba que Samantha no había entregado la nota, pero Mario me confirmó que la vio entregándole el papel, así que sí tiene mi número.

No pasa nada.

Tengo otro plan. Iré a la galería y le diré a la responsable que quiero conocerla. Seguro que accede. Seguro que soy su cliente número uno.

En cierta manera, es comprensible que no llame a un número que le entrega una desconocida una noche de fiesta. No fue un plan muy acertado, pero no me quedaba de otra porque no podía despegarme de Pepe por si la liaba parda.

Tanto Pepe como yo hemos dejado de lado la práctica totalidad de nuestros negocios para dedicarnos a este nuevo proyecto. Se trata de un resort, una ciudad de vacaciones estratégicamente situada en plena montaña, pero a muy pocos kilómetros de la playa.

Este fantástico proyecto surgió de una noche de borrachera en el chiringuito de aquella playa. Nos quedamos durmiendo en la arena con sendas botellas de champán hasta que el sol nos despertó. Íbamos perdidos de arena, teníamos hasta dentro de los ojos. Entonces, ante la vista de aquel impresionante amanecer junto al mar, llegamos a la conclusión de nos encantaría repetirlo, pero dormir en la playa era muy incómodo. Planteamos la posibilidad de construirnos una casa allí mismo. Pero Pepe, que todo lo convierte en un negocio rentable del que obtener dinero dijo:

-No, una casa sólo nos acarrearía gastos. Mejor un hotel que dé beneficios.

-No, Pepe. ¿Por qué conformarse sólo con el bronce cuando se puede tener el bronce, la plata, el oro y el diamante?- Ésta era otra de las leyes diamante de Pepe

-Habla delfín, te escucho

-Creemos un resort, una ciudad de vacaciones, con hoteles, cines, casinos, restaurantes, gimnasios…el clima es ideal, las vistas son ideales, sólo hay otra ciudad de vacaciones similar en todo el país…

-Delfín, me parece una gran idea. Empezaremos por un estudio de mercado para asegurarnos de su viabilidad y si es favorable. La haremos.

El prestigio de Pepe para con los negocios propició que, además de nosotros, grandes inversores del sector empresarial y del sector bancario quisieran participar en la financiación del proyecto, nuestro sueño de una noche loca de verano se hacía realidad por momentos.

El estudio de mercado reveló que no sólo era viable, sino que podría tornarse uno de los mayores pelotazos de la historia.

Todo marchaba a la perfección hasta que topamos con las leyes de protección medioambiental. El paraje elegido era un pedazo de monte que por lo visto estaba protegido por leyes locales y regionales.  Era el único impedimento.

Y Pepe y yo lo estábamos resolviendo la mar de bien.

Sin desdeñar, por supuesto, la beneficiosa influencia del poder de nuestros, también poderosos, socios. Todos juntos formábamos un ente indestructible. De hecho, al concluir nuestra primera reunión nos bautizamos a nosotros mismos como “la armada invencible”.

La armada invencible se reune hoy miércoles para comer y, en la charla, Pepe y yo vamos a exponer lo maravillosamente bien que nos había ido en nuestra pequeña negociación con los políticos.

Vamos al Mon delice, al reservado, por ser un lugar seguro para la confidencialidad de nuestras conversaciones. Confidencialidad relativa, porque Pepe lleva, como suele hacer en todas las reuniones importantes, su Rolex con micrófono incorporado.

Pepe llama a estas grabaciones “mis moneditas de oro” porque, según dice son artículos exclusivamente de colección, pero que en caso de necesidad extrema se pueden emplear como moneda de cambio.

La comida es muy agradable y distendida, tampoco tenemos ninguna cuestión peliaguda que tratar ya que todo está saliendo redondo. Estando Pepe y yo a punto de relatar los pormenores de la reunión con los políticos regionales cuando empieza a vibrarme el móvil dentro del bolsillo. Un pensamiento acude a mi mente: puede ser Ella. Todos los directivos de mis empresas están informados de que hoy precisamente no deben molestarme. Ellos no son. Sólo puede ser Ella.

Nervioso, me levanto de la mesa torpemente ante la mirada de disgusto de Pepe, diciendo:

-Disculpadme caballeros. Esta llamada tiene carácter muy urgente. Pepe, continúa sin mí un momento.

Salgo del reservado en dirección al despacho como si llevara fuego en los zapatos. ¡Joder, estoy temblando!

-Sí, digame.

-¡Hola! Soy Isabella ¿quién es usted?

Me tengo que sentar, porque se me empeieza a nublar la vista. El corazón me palpita como si estuviera corriendo en la cinta del gimnasio. Es Ella. Por el sonido de su voz deduje que estaba sonriendo. Había visto su sonrisa en la foto del periódico digital y así mismo me la imagino.

-Eh, un soy…-¡vamos tío reacciona! me grita una parte del cerebro- soy un admirador de su obra Isabella

-Ah, muy bien, Admirador- dice esta última palabra como si realmente estuviera pronunciando mi nombre- ¿y qué se le ofrece?

-Eh, um, se trata, se trata de un encargo que me gustaría hacerle…

-Eso ya lo he leído en su nota, Admirador. No estoy segura de que podamos alcanzar un acuerdo; de entrada yo nunca he aceptado un encargo, pinto lo que me apetece en cada momento, pero …podemos hablar, sólo por si acaso su “encargo” me apasionara.

Aunque le advierto de que si de lo que se trata es de un retrato, debe olvidar todo cuánto le he dicho porque de ninguna manera lo haré.-

¡Qué voz, pero qué voz! Me está hablando y me estoy deshaciendo por dentro. Me cuesta muchísimo prestar atención al contenido de sus palabras porque estoy en una especie de estado de hipnosis. ¡No puedo seguir hablando con ella, si es que no me entero de lo que me dice!

-Señorita Isabella, ¿le parece bien si quedamos esta tarde a las 8 en el café du soleil y comentamos los pormenores?

-Vale, allí nos vemos, Admirador. Pero yo no le reconoceré. Imagino que usted a mí sí. Hasta la vista.

Y me cuelga.

¿Pero qué he hecho? No he sido capaz de mantener una conversación con ella por teléfono. ¿Qué me pasa?¿estaré enfermo? Y lo de admirador… ni siquiera le he dicho mi nombre. A lo mejor Samantha se lo dijo. Espera, no. No puede ser, Samantha tampoco sabe cómo me llamo. O quizás sí.

Imagina que yo a ella sí la reconoceré. Pues imagina bien. Por algo soy su admirador.

Dios esta tarde a las 8. Faltan 5 horas.

A partir de este instante, la comida con “la armada invencible” pierde todo el interés para mí. Ahora sólo quiero que pasen estas cinco horas lo antes posible para verla.

¡Voy a verla, voy a encontrarme con ella!

Y ¿qué encargo le hago yo ahora? No tengo nada pensado. Si mi encargo le apasionara lo aceptaría…¿y si no? Bueno tampoco me voy a poner ahora en las malas..tengo que inventarme algo.

Aunque, por desgracia, lo primero es volver con la armada invencible.

El tiempo no pasa.

Ahora todos éstos hablan de banalidades que nada me interesan a mí en mi situación.

A la primera que puedo me escaqueo para volver a mi casa y llamar por teléfono a Mario, él la ha estado siguiendo, algo se le puede ocurrir que le apasione.

Pero no me sirve de gran ayuda, sólo me reitera sus aficiones, que yo ya sabía.

Miro todas y cada una de sus obras. Me fijo que en la mayoría de ellas, y encuentro que, de hecho, en todas salvo en la “pasión” hay alusiones a elementos de la naturaleza, montañas, volcanes, mares, animales y cosas por el estilo; bien directamente, o de manera indirecta en cuadros, recortes de periódico, fotografías, estampados de la ropa, etc.

Bueno, la naturaleza se ve que le gusta, aparece en casi todas sus obras. Le diré que ése debe ser el tema de la obra y ya está.

*

Seguir leyendo La erótica del poder 6