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«La erótica del poder» 6

novela erótica romántica - pasión

He tenido la idea de sorprenderla con un ramo de flores. Muestro su fotografía a los camareros y, junto con una generosa propina, les doy órdenes de que entreguen a Isabella un grandioso ramo con más de treinta flores diferentes (no sé cuáles son sus preferidas, alguna de las treinta le gustará) justo cuando se siente en la mesa, antes de que yo vuelva a entrar, de parte de “su admirador”.

A la hora acordada entro al café du soleil y en una mesa al fondo, la encuentro oliendo y acariciando las flores del ramo. “Buen comienzo” pienso. Y este pensamiento me ayuda a aliviar un poco mi tensión, que es mucha en este momento

Me acerco a la mesa y le digo:

-Buenas noches Señorita Isabella ¿puedo tomar asiento?

Ella, levanta la mirada hasta llegar a mis ojos y sin apartar la vista de ellos me dice en tono tranquilo y relajado:

-Por supuesto Admirador, siéntese.

-Puedes tutearme, si lo deseas.- le digo

-No lo deseo por el momento.

¿Qué?¿por qué no? No soy tan viejo. Bueno, ella parece más joven que yo, sí, pero no tanto como para que me tenga que llamar de Usted. Interrumpe mis pensamientos su preciosa voz:

-Gracias por las flores. Son muy bonitas, aunque la verdad es que me gustan más cuando no han sido cortadas de la planta. Aún así se lo agradezco Admirador. No las esperaba.

Me pongo más ancho cuando oigo esto…sí, le ha gustado el detalle. Tomaré nota de lo de las plantas. Vuelve a interrumpirme:

-Bueno, Admirador, cuénteme de qué trata el encargo que quiere hacerme

-Sí. Me gustaría que creara una obra relacionada con la naturaleza.

-Um, con la naturaleza..-me contesta, mientras veo que abre aún más sus enormes y preciosos ojos rasgados- y exactamente ¿con qué fin? Me refiero a ¿dónde va a ubicar la obra?

Por un momento me veo tentado a decirle que lo haría en el hotel del resort que estamos proyectando Pepe y yo… pero guardo la discreción con respecto a este asunto, porque como reza otra de las leyes diamante de Pepe adquirida del refranero popular castellano “donde tengas la olla…”. Y con máxima celeridad me invento que es un regalo para un amigo apasionado de la naturaleza.

-Ese campo es muy amplio- me contesta- ¿qué es lo que más le apasiona a su amigo de la naturaleza? ¿puede concretar?

Pensando en alguien de mi entorno a quien le gustara algo de la naturaleza, el único que me venía a la mente era el amigo de Pepe,  Juan Novas Campillo, al que le gustaban los toros y la caza…pero consideré que podrían ser temas espinosos. Entonces recordé cómo nació con Pepe la idea de nuestro resort.

-El mar. A mi amigo le apasiona el mar.

-Um. Me parece bonito. Sí. Definitivamente sí me apetece hacer una creación con el mar como eje.

Siiiiiiiiiiiiiii. Pensaba yo. Toma ya. Lo conseguí. Bueno, no. Lo he conseguido a medias. El verdadero propósito era que YO fuera la inspiración de Isabella, y resulta que va a ser el mar. Además, que yo le encargue la obra sólo me garantiza que la volveré a ver cuando me la entregue, si acaso.

Hay que virar el barco, que no lleva buen rumbo.

-Sí, y me encantaría que usted conociera la parte del mar que a mi amigo más le entusiasma, por si le sirviera de inspiración…

-Ya. Y supongo que me va a llevar usted ¿supongo mal?

No trato de ocultar que me estoy poniendo rojo, es una mezcla de vergüenza (porque ha visto claras mis intenciones), rabia (porque no ha tenido la más mínima condescendencia para con mis sentimientos) e ilusión (porque lo que más deseaba es que ella aceptara). Me trago mi vergüenza y mi rabia.

-Si Usted lo desea Isabella, estaría encantado.

-Ya. Y ¿Quién eres tú?- me dice divertida, con una sonrisa en sus preciosos labios que expresa por sí sola “me lo paso bomba poniéndote en tensión”, mientras se reclina un poco más en su asiento, como poniéndose cómoda para escuchar lo que estoy yo apunto de contarle.

Y yo fascinado porque me ha tuteado.

Lo que sucediera entonces dentro de su cabeza yo lo desconozco por completo. Le dio un sorbo a su té. Se quedó pensativa un segundo mirando el fondo y, antes de que hubiera yo empezado a abrir la boca para contestar a su pregunta, Isabella se había levantado, cogido su bolso, el ramo de flores y me estaba tirando del brazo para que nos fuéramos.

-¡Vámonos!

Miro el té, por si es que llevaba algo, no sé. Miro alrededor, por si había algún peligro en el local. Y desconcertado le pregunto:

-¿por qué?

-Porque me aburro.

No me da tiempo a calibrar el significado de aquella respuesta. Dejo un billete con una propina importante sobre la mesa. Sigo con paso rápido Isabella por las calles llovidas de la ciudad y cuando me vengo a dar cuenta me encontro metido en un autobús, sentado junto a Ella.

Obviamente, mi indumentaria desentona mucho del resto. De haberlo sabido no me habría arreglado tanto. Me siento como quien asiste a un evento de etiqueta en chándal, pero al revés.

Isabella lleva un precioso y cortísimo vestido de flores que deja ver sus perfectamente moldeadas piernas y muslos. Todo en ella parece estar proporcionado, en harmonía. Reflexiono: la naturaleza ha sido muy generosa con ella, alta, bella, atractiva e inteligente; Y se ha esmerado especialmente con su culo. Y ese detalle la hace mucho más deseable. Más aún.

Aparte de excitado. Yo estoy totalmente desorientado y desconcertado, porque esta mujer parece ser de reacciones imprevisibles. Me acuerdo de Pepe y de otra de sus leyes diamante “nunca muestres tu debilidad al adversario, delfín. Porque así serás más vulnerable”. Así que, con una naturalidad un tanto fingida le pregunto a Isabella:

-Señorita, ¿me puede decir a dónde vamos?

-A conocerte, Admirador. Vamos a conocerte. Puedes tutearme. Puedes llamarme Ella.

A ver si me explico: oír eso de los labios de Isabella me produce tanto o más placer que una mamada completa de una de las que habitan en las zonas vip. Me recorre un escalofrío de los pies a la cabeza, pasando, obviamente, por el pene. Entonces empiezo a hacerme grandes ilusiones mentales: ¡A lo mejor vamos a su casa!

Se da cuenta.

Deseo que la tierra me trague cuando, señalando mis abultados pantalones, me pregunta riéndose ¿qué te pasa?

La muy mala, no para de reírse. Ni yo quiero que pare porque nunca he escuchado nada tan agradable a mi sentido del oído como esa risa.

De repente, algo llama más su atención. Entra en el autobús un pedazo de negro enorme. Vestido pobremente, sucio, incluso huele mal y elije un asiento próximo al nuestro. Lleva unas chanclas de playa zarrapastrosas. Se conoce que es pobre, pobre, pobre. Pero lo que más parece llamar la atención de Ella son las cicatrices de su cara. En la mejilla lleva grabadas cuatro gruesas líneas paralelas entre sí, y cruzadas por una más larga, algo similar a lo que se vé en las pelis que hacen los encarcelados en las paredes para contar los días. Me horroriza la visión de la experiencia en que lo marcaron como a un animal. Isabella, resuelta y risueña, se pone a hablar con él:

-¡Hola! ¿De qué país eres tú?

El negro, que no sabe más que castellano chapurreado, tiene la voz templada y habla lento y tranquilo. Curiosamente, a pesar de la miseria que parecía arrastrar, en su rostro se refleja alegría y felicidad. Le cuenta que es del sur de África. Ella, sigue preguntando y preguntando con persistencia, hasta que el negro, se da por vencido y acaba contándole su vida a Isabella.

En su país era pescador, y normalmente faenaba para una empresa del país vecino. Era feliz, y más o menos próspero hasta que su país y el de la empresa que le daba trabajo entraron en guerra. Evidentemente, perdió el puesto y tanto él como su familia sufrieron los horrores de la guerra, visibles claramente en su cara. Escapó como pudo y cruzando el desierto del Sahara llegó a Marruecos desde donde pasó el estrecho en una balsa hinchable de juguete. En más de tres ocasiones estuvo a punto de perecer, pero el deseo de poder ayudar a su familia, era más fuerte que la muerte, como él decía. El sueño de su vida era conseguir los papeles. Trabajaba de ilegal en el mercadillo vendiendo cds pirata. Menciona todo el tiempo a Alá, pero dice, también, que sus hermanos eran católicos. La única pregunta que él le hace a Isabella, a ambos, es si somos católicos o musulmanes. Isabella le responde tajante:

-Nada.

El negro no es capaz de concebir que haya personas en el mundo que no pertenezcan a alguna religión, estaba empeñado en que algo debíamos creer, porque si no, cuando te mueres ¿qué?…de la misma manera que yo era incapaz de creerme, aunque lo estaba viendo con mis propios ojos, que alguien pudiera ser feliz en la vida habiendo pasado por las calamidades que había pasado éste y con la miseria que arrastraban sus chanclas de playa.

Llega la parada del negro y se despide amablemente con una sonrisa de oreja a oreja.

-Bueno, Admirador ¿qué te ha parecido?

-Es…es muy impactante.

-¿Has hecho tú alguna vez algo parecido a eso?

Mala. Mala, mala. Me hace sentir absolutamente miserable al lado del negro. Me repongo como puedo. No, yo nunca me he tenido que enfrentar a situaciones tan duras en la vida. No puedo decir que sea tan valeroso como el negro. Me siento muy mal…tremendamente mal. Como si a los ojos de Ella, mi vida careciera de valor. Pero me repongo. Empiezo a pensar en las cosas de las que si dispongo: dinero y poder. Y en un arranque de arrogancia por el golpe sufrido le digo:

-No. Nunca he hecho nada como eso. Pero creo que tú ya lo sabes. Ahora bien, tengo el dinero y el poder suficientes para hacer que el sueño de ese negro se cumpla mañana mismo si quiero, y un sinfín de cosas más.

Ella se queda callada. Parece estar sorprendida por mi contestación. En un tono de voz más suave y más dulce, casi susurrando mientras me mira a los ojos me pregunta:

-Y ¿para qué más utilizas tu dinero y tu poder, Admirador?

Algo que yo no comprendo estaá pasando por su cabeza porque el tono en que me habla, próximo y cercano, no encaja con el contenido de su pregunta que parece, incluso despectivo. No sé qué decir. Si espera oír de mí que tengo una gran meta en la vida como la del negro de ayudar a su familia, yo no la tengo. Mi único objetivo es acumular más riqueza y más poder y gastármelo y manejarlo a mi antojo. Está claro que ella lo intuye, y de ahí su pregunta. Me quedo callado.

-El dinero y el poder de los que alardeas no deberían ser más que una herramienta para conseguir un fin. Cuando el dinero y el poder son el propio objetivo, la vida carece de sentido. Imagínate que el objetivo de mi vida fuera “un pincel”

Me quedo pensando esto último, pero no lo entendo. Y continua:

-El pincel es la herramienta, la obra de arte es el fin. El dinero y el poder son herramientas, no son fines.

¡Dios! Vaya mujer. Me da qué pensar por la sencilla razón de que intuyo que algo de razón hay en sus palabras. Esto no es cosa de un momento, necesitaré días, cuando no sean semanas o meses, para procesar eso de que el dinero y el poder son herramientas y no son fines. Entonces ella, como adivinando lo que sucede dentro de mi mente, pasa su mano muy suavemente por mi cabeza, acariciándola para atraerla hacia sí, y rompiendo a conciencia la distancia que nos separa en nuestros asientos, me susurra en el oído:

-Piénsalo.

Me estremezco entero, se me eriza la piel al contacto con esta mujer, y su susurro, casi me deja sin sentido. Antes de que yo pueda reponerme, Ella se pone a hacer palmas, divertida, porque una gitanilla pequeña que acaba de subir está bailando y cantando flamenco.

Hay una fuerza extraordinaria en la gitanilla, además de la carencia absoluta de sentido de la vergüenza para “arrancarse” así con el autobús en marcha lleno de gente. La verdad es que lo hace muy bien.

Y sin embargo no quiere que la miren, a todo el que ve que tiene los ojos puestos en ella le grita “¿y tú qué miras, payo?”, menos a Isabella. Al parecer las palmas no enfurecen a la gitanilla, sino que la animan. O yo no sé. Y me contagio del entusiasmo de Ella. Y me pongo yo también a aplaudir. Al final el autobús entero, cautivado con el arte de la gitanilla palmea, y la pequeñaja, regañada por su madre ya no le pregunta a la gente que qué están mirando. El viaje en autobús se ha convertido en una pura fiesta. No cómo las fiestas a las que suelo asistir.

De un modo extraño la gitanilla ha logrado vincularnos a todos, haciendo palmas a su compás. Es una sensación extraña y novedosa para mí, pero muy grata. En estas disertaciones ando yo cuando me dice Ella:

-Se siente pura magia, ¿a que sí?

Asiento con la cabeza mientras continúa el espectáculo. ¿Significará eso que ella siente lo mismo que yo? porque no creo que se refiera a que se esté enamorando de mí, como yo de ella.

El susurro, su forma de acariciar mi cabeza, ha sido muy erótico. Tal vez yo sí que le guste, a pesar de todo. Yo no estoy nada mal: soy guapo, alto, atractivo, inteligente, rico y poderoso (aunque mi riqueza y mi poder no tengan un fin).

Pero es que Ella, es tan, extraña, tan profunda. En el fondo, tengo la impresión de que me lleva ventaja, que cuando yo voy, ella ya ha vuelto, que de algún modo, soy predecible. Puede que por eso quisiera irse del café, por eso decía que se aburría.

Y aquí estoy, en un autobús hacia no sé dónde, haciendo palmas, lleno de una intensa e indescriptible energía, mezcla de la alegría del jolgorio, pasión y sorpresa.

Se baja la gitanilla en su parada. Se acaba la fiesta. Isabella se vuelve a mí y me dice:

-Me estoy acordando de la conversación con el negro…¿te has dado cuenta cómo no podía creerse que no profesara ninguna religión?

-Sí. – sólo le contesto esto porque no tengo ni idea de por dónde me va a salir ahora.

-¿Tu profesas alguna religión?- me pregunta mirando directamente a mis ojos, con esos ojos suyos que me derriten.

-No especialmente. No, de hecho, no pienso mucho en esas cosas.

-Pues deberías. Las religiones han condicionado y condicionan el comportamiento humano en todos los tiempos, somos quienes somos a consecuencia de ellas. Deberías pensar. Todo el mundo debería pensar a cerca de esto. Y desarrollar su propio juicio a cerca de las religiones, bien sea para seguirlas, o para rechazarlas.

-Y ¿el tuyo?- Le pregunto yo con sumo interés.

Saca su móvil del bolso, entra a youtube y teclea “pasodoble comparsa Juan Carlos Aragón”.

-El mío se parece en casi todo a lo que expresa este pasodoble. ¿Sabes lo que son las chirigotas de los carnavales de Cádiz? Son expresiones de puro arte. El compositor de esta letra es profesor de filosofía en la Universidad de Cádiz, creo que en el fondo está un poco loco, como yo, pero es un genio.-

-Como tú- respondo mirándola a los ojos. Y por primera vez la veo ruborizarse y esconder su preciosa cara entre su vaporoso y largo pelo rizado.

Empiezo a sonar el pasodoble, aliviando un poco la tensión que se ha creado en el ambiente. De no haber sonado, le habría cogido con suavidad la barbilla y la habría besado porque eso, besarla, es lo que más deseo yo en el mundo mundial.

El pasodoble decía así:

De tanto preguntar por dios a todos los que en él creían

Terminé por encontrarlo y ahora ya sé quién es dios, ay, ay, ay

Dios es sólo una inmensa palabra vacía

Que la gente ha llenado con lo que quería

Cuando lo necesitan: lo ponen, lo adoran, lo quitan: y ya se acabó.

La vida no nos la da él

La vida solamente la da una madre

Y es el fruto más limpio y más adorable

Del encuentro de un hombre y una mujer: ardiendo en el deseo

No digan para asustarme que dios me está oyendo y me va a castigar

Que lo he llamado mil veces y nunca me ha oído.

Dios no anda sobre las aguas, ni dios multiplica los peces y el pan

Si no, que se lo pregunten a cada mendigo.

Dios no está con los necesitados porque lo han buscado y nunca ha aparecido.

Ni tampoco, nunca, dio señales con los criminales que están sin castigo.

Dios jamás nos envió a su hijo porque con un hijo un padre no hace eso.

Ni lucha con el diablo, ni los milagros son verdaderos.

Y si estás de rodillas rezando: levántate y anda

Que aquí sólo manda

El maldito dinero.

Tiene tela el pasodoble, te hace pensar porque dice verdades, verdades como templos. Pero la última parte, ésa que dice que el dinero es maldito, me ofende.

En un arranque de sinceridad le digo:

-¡El dinero no es maldito!- y lo digo de todo corazón porque yo realmente amo al dinero.

-¡Claro que no!- me responde, sorprendiéndome una vez más.- el dinero no es maldito, porque no es más que una herramienta. Nunca culparías a un pincel de la belleza o fealdad de una obra, sino al artista que lo ha utilizado. Del mismo modo, la intención que haya en las manos que lo utilizan es la única causa de las maldiciones o bendiciones que el dinero ocasiona.

Touché. Ahora sí que me ha dejado sin palabras. Ella está dando una dimensión al dinero completamente desconocida para mí.

 E inmensamente más profunda que la que Pepe me ha enseñado.

Pepe sabe todo acerca de cómo amasar dinero, y bajo la nueva luz de los conocimientos adquiridos esta noche, puedo decir que Pepe no sabe nada acerca de lo que hacer con él.

-Acepto – me dice Isabella sin mediar palabra, mientras mira distraída por la ventana del autobús

-¿qué aceptas?- le respondo yo buscando su mirada.

-Acepto que me lleves al mar que tanto ama “tu amigo”.

-¿estaría bien mañana?- a estas alturas ya ni me molesto en disimular que estoy deseando volver a verla.

-Tengo concedidas tres entrevistas con la prensa mañana, Admirador.

-Yo puedo solucionar eso- De repente me doy cuenta de que lo que acabo de decir es una tremenda estupidez, por un momento se me ha ocurrido pagar a esos periodistas para que aplacen la entrevista, puede que ni eso fuera necesario, mi relaciones públicas lo habría resuelto con un intercambio de favores. La expresión de la cara de Isabella lo dice todo.

-No deseo que soluciones algo que no es un problema para mí, Admirador. Pon tu ímpetu en solucionar problemas más importantes como cumplir el sueño del hombre negro con la cara rajada que hemos visto hoy.

Me siento tan tonto…no sé qué decir. Ella interrumpe el silencio:

-Cuando lo hayas resuelto, iremos al mar. Me bajo aquí, quiero caminar bajo la lluvia y deseo hacerlo sola. Si te quedas en el autobús pronto llegarás de nuevo a la parada en que nos subimos, es una ruta circular.

Palabras agridulces eran éstas. Se estaba despidiendo de mí…pero volvería a verla.

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