«La Tortuga Mora»

Qué bonita es esta noche, cada estrella de las miles y millones que pintan el cielo vibra con su propia intensidad: nítidas, tenues, centelleantes…otras, fulgurantes, iluminan la oscuridad unos segundos regalándome el placer de haberlas visto, placer de incalculable valor. Una brisa suave mece las hojas de los árboles haciéndolas sonar en armonía, en un murmullo suave y tranquilo que acaricia mis oídos y hasta mi piel.

En pocos días la luna va a desparecer, y sin embargo, hoy es un arco perfecto y hermoso; su reflejo en la cristalina y apacible superficie del aljibe la hace real, próxima, una imagen poderosa, porque al mirarla se participa de la atracción infinita que existe entre el astro y el agua.

Tengo la impresión de que hoy las estrellas estuvieran más cerca, es esta la misma sensación que experimenté tanto tiempo atrás, cuando supliqué que me concedieran un remedio mágico…Y, a su manera, mi deseo fue cumplido.

Éstas son las mismas estrellas que veía desde la tierra donde dejé mi corazón. Es el mismo cielo, pero no es el mismo suelo.

Aún siguen vivos en mí los colores, olores, sonidos y sentimientos, el recuerdo de la noche en que me tuve que marchar corriendo, a escondidas, llorando del lugar que me vio nacer y crecer, y que fue mi verdadero hogar.

Recuerdo aquella tierra surcada por un grandioso río, en cuya ribera crecía abundante vegetación espesa: palmeras, árboles y arbustos salvajes llenos de flores y brillantes libélulas que invadían todo el aire con su perfume y sus colores. Casi nunca hacía demasiado frío, sería por eso que infinidad de variedades de aves habitaban allí. Ya nunca he vuelto a ver muchas de estas aves, pero siempre recordaré una en particular: un pajarillo pescador, con el pico largo y plumaje de color azul iriscente que parecía poder posarse sobre el mismo aire encima del río; presumido, en su aleteo aparentaba estar diciéndome: “mírame, admira mi equilibrio, deléitate con los colores que la naturaleza ha dado a mis plumas” y velozmente se precipitaba en el agua para atrapar su alimento.

Allí yo tenía un “lugar preferido”, era una pequeña llanura que estaba en la cumbre de una montaña, muy alto, muy cerca del cielo, donde los vientos de todas direcciones iban y venían sin obstáculos. Desde allí, alcanzaba con mi vista el valle entero: su serpenteante río, las verdes huertas, la sólida fortaleza de nuestro poblado se alzaba en la cima de otro monte y hacia el horizonte, incluso podía ver fortificaciones más lejanas, las de Murcia.

Compartía mi refugio con una cabra huidiza que se le había escapado al cabrero: un día el animal se dispersó mientras pastaba junto a las demás, y a pesar de los intentos del hombre por devolverla al rebaño, la cabra  se empeñó en que quería vivir en el monte en libertad: como viera acercarse a un humano que no fuera yo, brincaba monte arriba por entre los peñascos y no había manera de alcanzarla.

En casi toda la llanura crecía romero, tomillo y esparto, salvo en el suelo de un  pequeño recoveco que había dentro de la montaña, no llegaba a ser una gruta, pero de manera natural, la piedra formaba un huequecillo, que en más de una ocasión me resguardó de la lluvia. La llanura con su pequeña cueva eran “mi escondite secreto”. Allí me escapaba cada vez que estaba triste o radiante de alegría, jugaba a las piedras, cantaba, me inventaba historias que luego contaría a los otros niños, escondía mis monedas…y allí, vivían mis cuatro tortugas, Alori y sus tres amigas: mi más preciado tesoro.

Me las había regalado mi tío Yasar, quien varias veces al año emprendía viajes hacia lejanas tierras para comprar las sedas y plata que luego vendería junto a mi padre a lo largo de toda esta provincia, además de regentar la aceña, claro. Solía traerme cosas muy curiosas y extrañas que luego yo enseñaba a los otros niños, a la vez que relataba las fantásticas aventuras de mi tío Yasar y algunas otras que me inventaba. Pero de todo lo que me trajo, nada tuvo el mismo valor para mí que aquellas tortugas. Él las compró en un zoco del norte de África; y según me contó, el mercader que se las vendió le confesó que las tortugas en el lejano oriente son animales sagrados, y allí creen que sólo el hecho de estar próximo a ellas trae buena suerte, pues su duro caparazón las protege a sí mismas y su entorno de las amenazas.

Tal vez fuera por el largo viaje que habían sufrido desde África, al principio ninguna de las cuatro quería comer: me rehuían, trataba de darles toda clase de alimentos, pero ellas escondían su cabeza y sus patitas dentro del caparazón. Alori era la más débil, en cuanto la tomé por primera vez me di cuenta de que estaba enferma porque ni siquiera intentaba escabullirse como las demás, apenas se movía.

Aún pasaron unos días hasta que Alori quedó totalmente inerte. Pensé que había muerto y  decidí subir a enterrarla en mi escondite secreto. Una vez allí busqué un lugar bonito donde hacer un pozo para ella, finalmente elegí un trozo de tierra bajo un romero; fui a buscar una piedra plana que me sirviera para excavar y, mientras tanto, dejé a la tortuga en el suelo. Cuál no sería mi sorpresa cuando volví: ¡la tortuga se había puesto a andar y estaba jalando romero!

Desde entonces, todos los días subía a Alori y sus amigas a comer a mi montaña. No era difícil ver que eran felices en aquellas tierras. Eran tan felices como la cabra que, siguiendo sus instintos, abandonó al cabrero y a su rebaño para vivir en libertad. Comprendí la verdadera naturaleza del regalo que me había hecho mi tío…Las liberé.

Curiosamente, al contrario que la cabra hacía cuando veía aparecer a lo lejos al cabrero, cada vez que yo subía, las tortugas salían a recibirme.

No sólo eran mi más preciado tesoro, eran mis amigas. Esto a pesar de cómo los otros niños se reían de mí pues, según ellos, tortugas y personas no podían ser amigas porque las tortugas no piensan.

Pero yo consideraba, y con los años más me he reafirmado en mis reflexiones, que un ser que es capaz de buscar refugio del frío y del calor por sí mismo, por fuerza tiene que poder pensar.

Un ser que es capaz de sentir miedo de los humanos, y huye, y se aleja de ellos buscando su propia supervivencia, por fuerza tiene que poder pensar.

Un ser que decide dejarse morir antes que vivir en cautividad, por fuerza tiene que poder pensar.

Un ser que reconoce, con sólo pisar la tierra, lo que puede ser un hogar, e instantáneamente encuentra el alimento que le salvará de una muerte segura, por fuerza tiene que poder pensar.

Un ser que es capaz de expresarme su afecto, saliendo a saludarme, por fuerza tiene que poder pensar y sentir, y puede, y debe, ser mi amigo.

Aquellas tortugas eran mis amigas.

La aceña que poseían mi padre y mi tío la había construido su tatarabuelo. Funcionaba gracias a nuestros burritos Ahbi y Ahbu: por turnos, ellos movían la rueda que hacía girar la cuerda de la que colgaban más de treinta vasijas en fila que bajaban al nacimiento y subían llenas de agua limpia y fresquita.

Pero lo que a mí más me fascinaba era la luz que irradiaban todas y cada una de las miles de gotas que se derramaban en cada giro, parecían querer explotar de esta luz tan vibrante. Eso, su arco iris, y mi reflejo en la oscuridad del fondo del pozo cuando la rueda estaba parada y el agua se amansaba alisando su superficie.

Cada día mi padre o mi tío cuidaban del buen funcionamiento de la aceña, si ellos se marchaban a vender por la región las sedas y platas que compraba mi tío, quien se hacía cargo era yo. Nuestros vecinos acudían a por agua para beber y cocinar y hacer las abluciones. Por este servicio se cobraba grano, frutas y hortalizas, aceite de oliva, gallinas y huevos, espartos y lino, o monedas.

La vida en torno a la aceña era divertidísima, siempre había alrededor de ella muchas personas, sobre todo mujeres, que junto con sus jarras vacías, o llenas, llevaban y traían chismes. Era el lugar de reunión preferido de muchos, sobre todo en verano, porque las gotas de agua que rebosaban de las vasijas,  salpicaban y se extendían varios metros, más aún cuando había la más leve brisa, llenando el ambiente de frescura.

En un principio, casi todos nuestros vecinos eran mudéjares como nosotros, pero poco a poco, traídos por el rey Alfonso X, empezaron a venir cristianos de Castilla. Esto no habría supuesto ningún problema de no haber sido porque muchos de ellos trataban de apropiarse de las tierras de la población musulmana, incumpliendo el pacto que el rey Alfonso X había hecho con Ibn Hud. Y fue a partir de entonces que se inició una nueva época de conflictos, de discordias, y de hostilidades entre mudéjares y cristianos.

Varias familias castellanas querían nuestra aceña. Algunos de ellos incluso amenazaban a mi padre y mi tío para que se fueran. Yo tenía que esconderme de sus hijos, mayores que yo, pues donde quiera que me vieran  me zarandeaban y me quitaban lo que llevara encima mientras me gritaban: “y también nos quedaremos con tu aceña, ja ja ja” 

Fueron muchos días y noches de temor, de sufrimiento. Pero yo siempre tenía mi escondite secreto, que seguía siendo sólo mío y de la cabra; y mis tortugas, que siempre que llegaba allí triste, llorando, ellas salían y me hacían sonreír. En verdad mis tortugas debieron darme de su suerte, me protegieron de las amenazas con su duro caparazón, porque estando junto a ellas jamás se acercó nadie a pegarme, ni robarme.

Y en lo alto de aquella montaña me preguntaba: “¿por qué?” “¿Acaso nos hace tan diferentes la religión?” “Si todos los seres nacemos y al final morimos…si vivimos juntos en este mundo, ¿por qué íbamos a vivir en mundos separados después de la muerte?” y le preguntaba a las estrellas, y por toda respuesta obtenía una larga estrella fugaz, una larga y preciosa estrella fugaz.

También hubo enfrentamientos entre mi padre y mi tío.

Mi padre había sido alumno en la Madrasa, pero no quiso continuar en ella porque era obligatorio estudiar, a su vez, disciplinas de teología. En su fuero interno, mi padre sentía que no podía profesar una fe incondicional hacia un dios que nunca había visto. Él afirmaba que la fe se ha de depositar en el agua, la tierra, los árboles y los animales, pues, según él, todo esto es lo que el ser humano necesita para subsistir.  Y temiendo ser acusado y juzgado por infiel si decía lo que verdaderamente pensaba, abandonó la Madrasa y retomó el oficio de mi abuelo en la aceña.

A mi padre le enfurecía que los castellanos vinieran a apropiarse de las tierras y posesiones que los mudéjares cultivaban y explotaban desde hacía tantos siglos. Para él no se trataba de la religión musulmana contra la católica, él sentía amenazada su fuente de supervivencia, y esto último, “el subsistir” era el verdadero dios al que mi padre profesaba fe incondicional. Así, comenzó a planear una sublevación entre la población musulmana.

Pero mi tío no quería unirse a ella. Él defendía que el ser humano nace libre, y debe ser libre para transitar por todo el mundo y establecerse donde la naturaleza pueda proveerlo de lo que necesita. Él decía que debíamos acoger a los cristianos, tratar de acordar con ellos cómo compartir nuestros recursos, pues la tierra en que vivíamos era pródiga y rica en cosechas.

Estas dos posturas y las consecuencias que podían derivarse de cada una, fueron una fuente de discordias, discusiones y peleas entre mi padre y mi tío durante mucho tiempo.

Ni mi padre, ni ningún otro musulmán, pensaba como mi tío. Llevaron sus protestas al rey castellano Alfonso X y al papa, pero al no obtener ningún  resultado, urdieron un plan con el que expulsar a los cristianos de estas tierras definitivamente: se aliarían con el rey de Granada. Y así lo hicieron,  y dio comienzo la sublevación mudéjar contra Castilla, en el año 1264. Tras dos años de enfrentamientos, persecuciones y asesinatos; los mudéjares fracasaron. Después de la derrota, los castellanos acudían al reino de Murcia por “derecho de conquista”; lo que significaba que, entre otros privilegios, los vencedores podían hacer esclavos a aquellos mudéjares que se hubieran sublevado.

Mi tío fue apresado. Fue muy injusto, porque en los dos años que había durado la sublevación, él jamás había participado en ningún altercado. Uno de los castellanos que quería apropiarse de la aceña, aprovechando la situación mando llamar a unos caballeros de una orden, capturaron a mi tío, y lo hicieron esclavo. Y así, fue herido en lo más hondo de su alma y despojado de aquello que él más valoraba en la vida: la libertad.

Jamás olvidaré cómo lloraba yo, y cómo mi padre me gritaba: “deja ya de lloriquear, tenemos que marcharnos de aquí esta misma noche, si no, acabaremos siendo encarcelados y convertidos en esclavos como tu tío”

Él, mi padre, estaba loco de ira y de furia. Destruyó una a una todas las vasijas de la aceña, estampándolas en el fondo. Fue a nuestra casa, llenó con todo lo que pudo las alforjas de Ahbi y Ahbu y todo lo que no había cabido en ellas, lo arrojaba en el fondo del manantial. Entre sollozos, me pedía que le ayudara a cegarlo, para no permitir que los castellanos finalmente consiguieran apropiarse de lo que tanto esfuerzo y trabajo había costado lograr a él y a sus antepasados.

Y yo, en lugar de ayudarle, subí corriendo a mi escondite secreto. Por el camino, tropezaba y me caía, hasta llegué a rodar por las piedras, mas no sufría, no me dolía ninguna herida porque una espantosa mezcla de terror y tristeza me desbordaba. Al llegar a la cima, bajo la luz de la luna llena y las estrellas, salieron las tortugas a despedirme.

Yo no les dije nada. Ellas ya lo sabían. Todo el monte, sus seres, sus plantas y hasta el viento, sabían lo que mi visita significaba. De rodillas sobre mi tierra exploté en llanto. Me resultaba imposible creer que tuviera que despedirme de aquel valle, de su río y sus flores, de sus verdes huertos y sus áridas montañas, que tenía que marcharme de la tierra que me había visto nacer, crecer, jugar y reír.

Miré a las estrellas, preguntándoles por qué, suplicando que me concedieran algún remedio mágico. Recuerdo la sensación de tenerlas más cerca que nunca.

Por toda respuesta obtuve una larga estrella fugaz, una larga y preciosa estrella fugaz.

Mientras tanto, Alori intentaba trepar con sus cortas patitas por mi rodilla. La tomé entre mis manos y la miré, las lágrimas apenas me permitían distinguirla…

Y comprendí el remedio mágico que me concedían las estrellas.

Alori permanecería aquí, mis amigas las tortugas se quedaban aquí, y mi corazón, estaría para siempre entre ellas.

“La amistad es un alma que habita en dos cuerpos. Un corazón que habita en dos almas”

Aristóteles

En la tortuga mora no es ficción

Ambientado en la época árabe, en el Balneario de Archena, La Tortuga Mora es el segundo relato histórico que compone la colección «El Secreto de las Estrellas».

Los restos arqueológicos de la aceña, que data de mediados del siglo XIII, se encuentran a la vista del visitante en el yacimiento arqueológico del Balneario de Archena.

Una vez fue desenterrado su fondo, se descubrieron en él restos de menaje de hogar de la misma época que la estructura. Lo curioso de estos restos era que, por la forma en que estaban rotos, se podía afirmar que habían sido arrojados intencionadamente. Según Gonzalo Matilla, arqueólogo jefe, era un hecho común tratar de anegar las fuentes de abastecimiento de agua y otros suministros con el fin de expulsar a la población árabe de los distintos territorios.

Todo lo que relato en el cuento es mi interpretación personal de su historia.

La cabra existe. Es el personaje más auténtico de todos los que componen esta obra. Su historia también es real: un día se le escapó al cabrero y se fue al monte a vivir la vida bohemia que viven las cabras en libertad. A fecha de hoy puede verse en forma de mancha blanca pastando entre los peñascos de un monte aledaño al Balneario, porque no hay quien la devuelva al rebaño. He de reconocer que siento gran admiración por la cabra esa.

Análisis genéticos han demostrado que no existen diferencias entre las tortugas mora ibéricas y del norte de África. Según estos estudios, todo apunta a que fueron introducidas por humanos en España en un periodo reciente, quizás durante la dominación musulmana.

Actualmente se encuentra en peligro de extinción en la península ibérica por diversas causas como la fragmentación de su hábitat para usos agrícolas, los incendios forestales o el urbanismo salvaje. El Balneario de Archena lleva a cabo un programa de cría y protección de tortugas mora dentro de un ecosistema favorable para ellas.

¿Te apetece leer un cuento muy corto que te hará reflexionar sobre la ira?