Relato histórico corto: el tren de la muerte

A su llegada a Mauthausen, un hedor ocre y una nube de ceniza envolvía cada átomo del aire.

Andrés bajó del tren junto con el resto de la compañía de trabajadores extranjeros y otros presos con los que había convivido, hacinados, como sardinas en lata, durante varios días.

En el trayecto desde el apeadero al campo, escoltados por los soldados alemanes, eran objeto de risas y burlas que Andrés no comprendía, y que horrorizado imaginó qué significaban cuando entró en el recinto y creyó ver que allí estaba el fin de sus días.

Despojados de su ropa y de su pelo, fueron calzados con unas chanclas de madera atadas con cuerdas y vestidos con una tela fina y áspera a rayas en la que llevaban escrito el número de matrícula. Un triángulo de tela azul los distinguía de homosexuales, judíos, presos políticos o gitanos; ellos eran apátridas, con una S blanca –Spanien-

Después de la desinfección, les mandaron reunirse en la explanada donde un preso alemán que sabía español les traducía las palabras del comandante.  De aquellas palabras,  Andrés ya sólo recordaría que ahora habían pasado a ser  “seres sub-humanos, esclavos de usar y tirar” y que “entráis por la puerta y salís por la chimenea”

En efecto, Mauthausen era un campo de concentración de esclavos del Reich, en el que se vivía en condiciones infrahumanas y se trabajaba sin descanso.

En aquellos primeros días, Andrés sobrevivió a la tristeza gracias a los recuerdos de su infancia: su padre, su madre y sus hermanas, de cuando era pequeño e iba a la escuela, de las tardes con sus amigos de Mazarrón jugando y buscando tesoros escondidos en las minas.

Imaginaba que el escaso mendrugo de pan amohecido que recibía para comer cada día era un delicioso pez como el que solía pescar en su playa, junto al mar.

Y así, viviendo más en su mente que en su realidad pasó Andrés el resto de su estancia en Mauthausen.

Uno de tantos días que fue enviado a picar para construir carreteras con los demás, tuvo por compañero de cadena izquierda a otro apátrida con el que en los descuidos de los militares pudo hablar las justas palabras para no caer extenuados.

-Español, ¿Cómo te llamas?- Preguntó Andrés

-Antonio- respondió exhalando cansancio su compañero.

-Yo soy Andrés, soy murciano, de Mazarrón.

Antonio se tuvo que detener un momento para leer en la cara gastada y destrozada por el cansancio y el dolor de ese compañero suyo…al cabo de unos segundos, volvió en sí:

-¿Andresito, eres Andresito?

-¿Me conoces?

-Soy Toñín, ¿no me recuerdas? El hijo del peón caminero ¡Anda que no hemos pasado tardes tú y yo buscado plata y tesoros en las viejas minas!

Como si de una opípara comida o de un soplo de libertad se hubiera tratado, los dos viejos amigos de la infancia se sintieron desbordados por la alegría.

Porque allí, en medio de la esclavitud, de la miseria, de la tristeza, ambos tenían algo hermoso en común: una infancia alegre, y ese recuerdo del pasado era más fuerte y poderoso que cualquier castigo, que cualquier humillación a los que pudieran someterles.

-¿Cómo has acabado aquí? ¿Tú te marchaste a Cataluña a trabajar, no?- preguntó Andrés.

-Si- repuso Antonio, Toñín,- Como sabes, en Mazarrón escaseaba el trabajo…me fui a Igualada, a casa de mi hermana a buscar trabajo. Trabajé en una industria y al estallar la guerra civil, yo y otros compañeros obreros ingresamos como voluntarios en el cuerpo de aviación.

Fui apresado por los franquistas en la base aérea de Albacete, tomaron los aviones y nuestras armas y nos trasladaron a Madrid a la prisión de Porlier para morir fusilados. Pero antes del fusilamiento conseguí escaparme.

Anduve fugitivo ocultándome por los montes y bosques, me alimenté de insectos y carne cruda –continuaba Toñín con una semi sonrisa dibujada en la boca- pero logré llegar al norte, donde aún resistían tropas republicanas. Luché con ellos hasta que nos vimos obligados a retirarnos en febrero y cruzar la frontera a Francia.

Ya en Francia, conseguí llegar al centro. Por abril más o menos, en el pueblo en que estaba se creó la Compañía de Trabajadores Extranjeros nº 132, allí trabajábamos para los franceses cuidando y manteniendo las vías de los ferrocarriles, pero eran tiempos felices, ¿sabes? Porque hasta que Francia entró en guerra con Alemania los refugiados podíamos entrar y salir del campo, y podíamos ir a trabajar.

Pero al capitular Francia fueron los propios gendarmes franceses junto con los nazis alemanes los que nos entregaron a todos, no sólo a los de los campos de refugiados que trabajábamos en las Compañías de Trabajo, también a los que trabajaban en casas particulares.

Cuando nos tuvieron a todos reunidos, nos subieron a un tren de ganado en el que viajamos hacinados con un cubo para los excrementos nos dijeron que nos llevaban a la zona libre francesa, pero aparecimos aquí.

Llevo ya muchos meses aquí, Andresito, no sé qué fuerzas le quedan a mi cuerpo, cada día que despierto me sorprendo de estar vivo tanto como deseo estar muerto. Esto es el infierno Andresito –

Tomó aliento Andrés para empezar a narrar a su amigo de la infancia todo lo que le había sucedido desde que dejaran de verse siendo apenas unos adolescentes.

-Yo trabajé como jornalero el almendro y el esparto, también trabajé cuando pude en la mina. Me afilié al Sindicato UGT y a las Juventudes Socialistas.

Poco después de comenzar la guerra, fui concejal en el Ayuntamiento de Mazarrón, casi un año estuve, hasta que marché para incorporarme al ejército de la marina de remplazo, igual que vosotros, en febrero tuvimos que retirarnos y cruzar la frontera a Francia.

Allí yo estuve en la Compañía de Trabajadores Extranjeros nº 23, nosotros hacíamos trabajos de fortificación, y como dices, el trabajo era duro, pero al menos entrábamos y salíamos libremente del campo de refugiados.

Tras la capitulación fui arrestado y encarcelado en la prisión de Stalag, en Estrasburgo, allí supe, por otros compañeros, que Hitler había preguntado a Franco qué hacer con los españoles y que éste le había dicho que hiciera lo que quisiera que “esos” no pertenecían a su patria.

Tuve oídas de que existían los campos de exterminio, pero jamás imaginé que fueran así- Andrés pronunciaba estas últimas palabras rompiendo a llorar, como ser humano que guarda el dolor inmenso de la guerra de su tierra, la pena por haber sido totalmente abandonado y la rabia por no ser capaz de hacer nada para cambiar todo aquello.

-En España, por lo menos podíamos luchar- continuó Andrés mientras las lágrimas le empapaban toda la cara- aquí somos menos que perros, somos esclavos.

Un soldado nazi les había estado observando, le pareció que aquellos sub-humanos deberían recibir un castigo ejemplarizante para que a cualquier otro se le quitaran las ganas de hacer lo mismo.

Llamó a otros dos compañeros y entre los tres apalearon cruelmente con rabia y ensañamiento a los dos amigos de la infancia que yacían allí, inmóviles, soportando las patadas de las botas militares, aullando de dolor.

De repente, Antonio, entre estertores, empezó a gritar como un loco con una furia que retimbraba en los oídos de todos los que allí estaban, bramidos que los militares no entendían pero que su amigo Andrés sí:

-Sí podemos luchar, sí podemos luchar, sí podemos luchar.

Aquellos alaridos, cargados de furia y de rabia contenida, se debieron sentir en todo el reich  

Poseído por una fuerza sobrehumana, Antonio se levantó y escupió en la cara a uno de los nazis. Aquella era “su lucha”

Los tres soldados alemanes propinaron tal paliza al insurrecto que le rompieron varias costillas y lo dejaron medio inválido, pero la vida se negaba a abandonarlo, aún le duró para que pudieran seguir explotando sus últimos hálitos.

Para mayor escarnio, Antonio fue trasladado al campo de concentración de Gusen, “el infierno dentro del infierno”, donde las condiciones de trabajo y brutalidad aceleraban la muerte de sus huéspedes, y allí murió Antonio a sus 21 años.  

Aquel día que había supuesto la firma de su sentencia de muerte para Antonio, con la paliza que ambos recibieron, también supuso la muerte de todas las fuerzas de Andrés para llorar, o sentir pena.

Ya no sentía. Nada.

A partir de entonces, miraba los lamentos y la muerte que le rodeaba sin ser capaz de derramar ni una lágrima. A veces, imaginaba el día en que salía libre de aquel campo de exterminio;  sin ser capaz de sentir ni un atisbo de alegría.

Un 5 de mayo, Andrés fue liberado junto a los demás por tropas americanas; llevando, eso sí, grabado a fuego en su corazón los horrores de la guerra civil y de Mauthausen.

Fin

Ojalá esta historia fuera ficticia, pero lamentablemente tiene más de realidad que de ficción.

Estos dos hombres existieron: Andrés Lorente Sáez y Antonio Otálora Martínez.

Enormemente agradecida al trabajo de la ASOCIACIÓN “ALUMBRA ALUMBRE MAZARRÓN HISTORIA Y MEMORIA” en cuyo proyecto me he sumergido a través de su web y del que sólo puedo decir que merece toda mi admiración.

Para quien lo desee, en dicho proyecto, en la web, se pueden encontrar, entre otras, las fichas biográficas y microbiografías de los protagonistas de este relato histórico. 

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