Relato Histórico «Te busco en las estrellas»

En el relato que podéis leer a continuación han influido una canción de Manuel Carrasco, que da nombre al relato; un óleo de mi amigo pintor mexicano Edgar Armenta Paterson, una época de esplendor económico en la localidad de Mazarrón gracias a la minería y al descubrimiento de un filón de plata y plomo – siglo XIX-, unas fotografías que recreaban la vida del Casino y un edificio: «Casas Consistoriales».

A lo largo del relato encontraréis la canción y el óleo en el momento justo en que deben aparecer…y ahora, antes de comenzar, os invito a ver el vídeo que grabé en el edificio…

Visita al edificio «Casas Consistoriales» en el que está ambientado este relato histórico

Te busco en las estrellas

La mañana que salí al balcón presidencial para agradecer al pueblo que depositara su confianza en mí como gobernador estaba pletórico.

Era una de esas etapas en la vida en que pareces tener una racha de suerte…parecía que la fortuna fuera a darme en cuatro días todo cuanto me había negado en años.

Había logrado hacerme rico casi de la noche a la mañana yo – un simple minero – supe intuir donde estaba el siguiente filón, supe captar inversores extranjeros que renovaron la maquina gracias a la que estábamos extrayendo grandes cantidades de plata y plomo.

Y me habían nombrado gobernador por mi buen tiento tanto con los ricos, como con los pobres.

Aquella mañana los ciudadanos me aplaudían elevando sus vistas hacia el balcón y entre todo el ruido, entre tanto aplauso, entre la multitud, atisbé la figura de un ser increíblemente bello…vestida de rojo y negro caminaba Celestine entre la gente; pero en menos de un segundo la perdí de mi vista.

Había sido un instante idénticamente efímero al momento en que ves aparecer y volver a desaparecer una estrella fugaz.

Acabé como pude mi discurso y al volver a la sala de comisiones, me la encontré ahí sentada, junto a uno de mis socios inversores.

Tuve que encerrarme en mi despacho un momento para echar un trago de agua y volver a recomponerme después de volver a verla, y de que ella clavara su mirada azul como el mar en mis pobres, pero afortunados, ojos de minero.

Para mi alegría, aquel ser del que ya me había enamorado, no era esposa de mi socio, sino su sobrina, que venía en representación de los intereses que su padre también había puesto en las minas. Hablaba un castellano perfecto. Después de las presentaciones y de tratar todo lo relacionado con los negocios, fuimos juntos los tres a comer al casino.

Lo que empezó como comida devino en cena y la cena devino en baile…y no me queda otro remedio que decir que aquel fue el mejor día de mi vida, no sólo por mi nombramiento como gobernador, también porque tuve el privilegio de acompañar a Celestine en varias de aquellas canciones.

La cercanía de su calor y de su perfume me hizo tartamudear un poco al principio, cosa que divirtió mucho a Celestine

Hablamos y bailamos durante un tiempo que debieron ser horas, pero que para mí fueron minutos, minutos en los que no existía en aquel casino nadie más que ella y yo.

Pero sí que habían otros presentes. Allí estaba Carmen.

Carmen había sido mi amor platónico de la infancia…ella rica, yo pobre, Carmen había desdeñado cada una de mis miradas de crio enamorado con aires de grandeza y soberbia. Se reía de mí, de ese polvoriento y sucio minero, que soñaba con estar con alguien de la clase de ella.

Y sin embargo, cuando la fortuna vino a mí, ella fue de las primeras en venir a adularme, a pretender que todos sus desplantes y que todas las veces que me había hecho sentir miserable con sus insultos y su soberbia no habían sido más que bromas.

Para cuando Carmen quiso venir a mí, yo ya sólo sentía asco y pena por ella, porque no se puede humillar constantemente a un ser humano sin que acabe por nacer en ese corazón el odio, el asco y la aversión hacia quien le humilla.

Celestine, por el contrario, a pesar de haber nacido en una familia acaudalada era tan sencilla, tan humilde, tan sincera y tan hermosa…que por más que intenté dormir aquella noche después del baile, me fue imposible parar de pensar en algo que no tuviera que ver con ella.

Y sabía que ella estaba sintiendo justo lo mismo que yo.

Los días siguientes fueron divertidos, esperanzadores y apasionantes a partes iguales, pues como chiquillos, Celestine y yo tratábamos de ocultar a su tío que también nos veíamos a solas.

Era nuestro lugar de encuentro una sala secreta que había en mi despacho en la alcaldía. Allí nos escondíamos para besarnos fugazmente cuando su tío se entretenía intentando hablar en castellano, que apenas chapurreaba, con otros empresarios de las minas.

Por las noches, Celestine cogía su extraña y simpática bicicleta, que había traído junto con su equipaje desde Bélgica, y se escapa de la casona en la que se alojaba con su tío para vernos en aquella sala oculta, que acabamos por llamar “nuestro lugar secreto”.

Desde aquella habitación hicimos Celestine y yo planes infinitos, ella ya se quedaría aquí conmigo, construiríamos un palacete a su gusto en el que viviríamos felices después de casarnos en la orilla del mar.

Celestine pidió permiso para casarse a su padre por carta, y su padre aceptó con agrado que su hija por fin se hubiera enamorado.

Al cabo de dos meses, el tío de Celestine debía volver a atender sus negocios en Bélgica, y Celestine y yo decidimos darle la noticia de nuestro enlace la noche antes de la partida de su tío, en una cena, en el casino.

Todo salió fenomenal. La vida me sonreía. Yo era el hombre más feliz del mundo…

Cuando a la mañana siguiente fui a despedir al tío de Celestine en su partida, pude ver en él un extraño gesto, mezcla de rabia y pena, le pregunté qué le pasaba, pero nada me contestó.

Con un mal presentimiento, corrí a la casona en la que se hospedaba Celestine y la sirvienta me dijo que no estaba, Celestine se había marchado con su tío.

¿Por qué?

Quise detener el reloj para poder alcanzarlos en su viaje de vuelta; corrí en su busca a lomos del más veloz de mis caballos, pero no lo logré, los perdí, la perdí.

Ya de noche, exhausto, y tras beber en el casino todo lo que pudo mi cuerpo sin llegar a la inconsciencia, tras despreciar una tras otra a todas las mujeres que se acercaron a tratarme – entre ellas Carmen – tras maldecir a Dios más de un millón de veces por no haber obrado el milagro que durante meses había soñado junto a Celestine…salí de allí borracho gritando, llorando, furioso, triste..

Sonaron las campanadas de la iglesia, alcé la vista y estaba ahí, el reloj, ese maldito al que no había podido parar para alcanzarla.

El guardia de la Casa Consistorial trato de sujetarme, cuando en un arranque de locura subí las anchas escaleras de mármol blanco para llegar al balcón del salón de plenos desde el que la vi por primera vez.

No lo consiguió.

Desde allí, miré al cielo, lleno de estrellas, me pregunté por qué se marchó, les pregunté por qué se marchó…

Roto, caí de rodillas en el suelo de la terraza y entre lágrimas la busqué en las estrellas.

Dos meses más tarde

Después de haber tirado lo que se me figuraba como media vida bebiendo, llorando y buscando a Celestine en las estrellas, después de enviarle la carta número mil…recibí una escueta respuesta de mi amada:

“La noche antes de mi partida Carmen me hizo saber que está encinta, que vais a ser padres.

Tendrás que casarte con ella, formarás la familia con ella.

No deseo seguir recibiendo tus cartas. Me duele recordar a quién tanto ame, y que tanto daño me ha hecho.

P.D. tengo ya una vida y un porvenir aquí en Bruselas.”

¿Qué?

Corrí hacia la casa de Carmen y la espeté a que saliera gritándole lo loca que estaba. No se atrevió. Si lo hubiera hecho me habrían tenido que encerrar en la cárcel del Consistorio porque ganas tenía de matarla; muchas.

Busqué a su padre en el casino y delante de toda la alta sociedad de esta ciudad le grité lo que había hecho la loca de su hija.

El pobre hombre, que conocía los desvaríos y atrevimientos desde que había sido una niña, abochornado, se ofreció a escribir a Celestine, explicándole el carácter de Carmen, confirmando que todo había sido una invención para separarnos.

En menos de un día hube arreglado todo para viajar a Bélgica a tratar de explicar a Celestine, y a su familia, lo que había pasado…

Y por el camino sentí el miedo que siente el reo condenado a muerte, miedo a no ser creído.

Fin

Agradecimientos

A los profesionales de la Oficina de Turismo de Mazarrón, que me orientaron sobre los rincones históricos más interesantes de esta localidad. En especial al chico que me mostró sus fotografías artísticas del Casino, gracias a las que forjé el eje central del relato.

A pesar de que no me permitieran el acceso al edificio del Casino, quiero agradecer al Ayuntamiento de Mazarrón la excelente acogida que tuve por parte de su personal y las explicaciones sobre el edificio «Casas Consistoriales» y sus misterios jejejej.

Al pintor loco agradezco -siempre- sus pinturas que tan inspiradoras me resultan.

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