un relato histórico tardoromano

«sálvame y te salvaré»

un relato histórico tardoromano

Presentación:

Cuando me enteré de que en el Salto de la Novia había un yacimiento arqueológico tardo romano poco conocido…me dio que tenía que escribir algo ambientado en ese lugar.

Ya de por sí, el salto de la novia ha dado muchas leyendas, y es que ese desfiladero mágico, qué duda cabe, tiene una energía muy especial ((aparte de unas vistas alucinantes))

En el vídeo a continuación podéis ver algunos de los objetos y lugares que me han inspirado para crear este relato histórico ambientado en la época tardo-roman (s.IV – V) al sur de España.

Relato histórico: “Sálvame y te salvaré”

Cuando los bárbaros entraron en Hispania, creció la preocupación entre los ciudadanos por lo que podría ser de nosotros ¿Podrían esclavizarnos?

¿Podrían obligarnos a pagar tributos imposibles que trajeran el hambre y las enfermedades a nuestra sociedad?

El imperio estaba en decadencia, aún a pesar de que eran nuestras tierras, una importantísima fuente económica para las arcas de la hacienda imperial en forma de impuestos y metales preciosos, y de abastecimiento del Estado con reclutas, caballos, cueros y cereales.

Las escasas tropas que había en Hispania vigilaban las calzadas más importantes, por donde circulaban los bienes para tributos y el comercio, pero se olvidaban de cuidar y proteger las ciudades.

Muchos ciudadanos, como yo, decidieron abandonar las ciudades, que –sin vigilancia- tardarían menos de un día en ser tomadas… emigramos  a zonas rurales, enclaves estratégicos desde donde podíamos ejercer bien la vigilancia.

Antes prefería la muerte que volver a ser esclavo, y eso que a mí no me habái ido tan mal.

En su lecho de muerte, mi amo, me otorgó la libertad y me reveló, además, la triste historia de los inicios de mi vida:

Una mancha de nacimiento en mi tobillo llevó a mi padre a pensar que yo no era hijo suyo, así que, aún a pesar de los lamentos de mi madre, Petra, fui abandonado en la columna lactaria de Carthago,

Como era habitual, ninguna familia libre quiso adoptarme, así que fui recogido, convertido y criado como esclavo, vendido en una subasta pública y comprado por mi amo, que aquel día asistió  a la subasta por recomendación de su amigo cuestor, que era el funcionario público que la supervisaba.

Para mi fortuna, los dioses siempre estuvieron de mi parte, pues si bien mi propio padre me condenó a la esclavitud, Hermes y Atenea, dioses del ingenio y la inteligencia, me beneficiaron con un intelecto difícil de igualar…y mi amo, viendo en mí el designo de los dioses, prefirió no enfadarlos y me ayudó permitiéndome estudiar la ciencia médica.

Comencé a ejercer, y mi fama se extendió por todas las ciudades del sur de Hispania. Aún hoy, ofrendas hago a Mercurio cada sa´bado para que me sigan pagando con oro y riquezas los patricios a los que sano.

Una vez muerto mi amo, y convertido yo en hombre libre y próspero no arriesgaría mi libertad por vivir en Carthago.

Cuando llegué a Bérgula, toda la ciudad ya había sido amurallada…lo habían hecho los ciudadanos a lo largo de cuatro largos años y, a cambio, se les permitía vivir en sus inmediaciones.

Compré allí la mejor casa de la amurallada ciudad, una villa ubicada junto a las escaleras centrales.

Disponía en ella de todo cuanto necesitaba para ejercer la medicina. Confeccionaba en mi apoteca, en una de las estancias que comunicaban con el atrio, mis pócimas y ungüentos en jarrones y platos de cerámica traída de África y tenía, además, distintas copas para suministrar la medicación a mis pacientes.

Cada mañana bajaba el estrecho camino del desfiladero desde mi casa hasta el río, para ofrendar una parte de la riqueza que hubiera ganado el día anterior a las Ninfas, hijas del Dios que habitaba en aquel suntuoso río.

Y fueron ellas, cierto día, las con sus cantos me atrajeron a un enclave de imposible acceso en el que encontré medio moribunda entre zarzales a una mujer casi desnuda.

La recogí y la acarreé como pude por el desfiladero  arriba hasta una de las estancias de mi casa en que solía atender a mis pacientes. Tras haberla examinado, dudé de ser capaz de hacer algo por aquel ser, que debió haber sido bello en otro tiempo, pero ahora, aporreceada y sangrante parecía más bien un bulto deforme.

La cuidé, la curé, como habría hecho con cualquier Patricio que me hubiera pagado todas las riquezas de este mundo porque sabía era el capricho de las Ninfas del río que yo la recogiera.

Más de tres lunas llenas pasaron hasta que aquel ser, nuevamente bello, pudo volver a hablar y andar.

El día que estuvo preparada para volver a caminar, la ayudé a salir de la estancia y de la villa para que pudiera sentir la luz del sol. Sujetándola del brazo, comenzamos un largo paseo escaleras debajo de la ciudad de Bérgula, a medida que caminaba, ella me iba contando su trágica historia

Claudia, que así se llamaba aquella mujer de la que yo, en los meses de cuidados y en su silencio, me había estado enamorando; también fue abandonada en la columna lactaria, recogida y criada como esclava.

Tuvo suerte con el Pater Familias que la adquirió: un adinerado Senador de Carthago gracias al que tuvo una vida más o menos cómoda como sierva.

Dentro de aquella familia, la mujer del Senador era muy bondadosa con ella porque decía tener un hijo de su edad al que se vio obligada a abandonar ya que el Pater Familias no había lo había querido reconocer por una mancha de nacimiento en su tobillo y sentía la mujer que siendo buena con ella, pagaba su deuda con los dioses por haber abandonado a su suerta a aquel ser nacido de sus entrañas.

Pregunté a Claudia el nombre de su ama

-Petra- me respondió.

Entonces comprendí el segundo de los por qués del capricho de las Ninfas en llevarme con sus cantos hasta el cuerpo de Claudia casi muerto. El primero era que estaba perdidamente enamorado de ella.

Siguió Claudia su relato como si el nombre que hubiera pronunciado careciera de importancia.

Cuando Claudia se hizo mujer, y a pesar de la enorme diferencia de edad, el Pater Familias se enamoró de ella con tal euforia que ardía en la ira sólo de pensar que otro hombre pudiera, si quiera mirarla. No podía hacerla su mujer, pues eso significaría la destrucción de su Petra y tener que conceder la libertad a Claudia, y siendo ella libre, él no se fiaba de que pudiera enmorarse de alguien de su edad y abandonarlo a él.

La idea de que otro pudiera tener a Claudia lo atormentó de tal manera que la mandó matar.

De cómo Claudia llegó a los zarzales junto al río poco se sabe, ya que lo único que decía recordar de la noche que salió de Carthago rumbo a su sepulcro era que los caballos de su amo la pisotearon junto a un miliario.

Quisieron los dioses que el cuerpo casi sin vida de Claudia llegara hasta mí para salvarla.

Después de aquella mañana, anduve meditativo varios días, la ira, la rabia, la impotencia por lo que aquel hombre nos había hecho a mí, y por lo que había sido capaz de hacer a Claudia me consumían.

Cada mañana subía a la cumbre más alta de Bérgula a pedir consejo al dios del viento, hasta que un día por fin, escuché su plan.

Volvería a Carthago para enfrentarme al hombre que me engendró y me condenó a ser esclavo para comprar la libertad de Claudia y poder hacerla así mi mujer.

Me resultó bastante fácil saber dónde vivía el Senador. Esperaba encontrarme un hombre grande y fuerte, tal como lo era yo, pero en su lugar, encontré un enfermo.

Saben los dioses que me costó un océano aplacar mi rabia y mi ira para aplicar a aquel enfermo mis conocimientos de sanación, pero me mordí la lengua y hasta la boca entera para exigirle que – si no me vendía a Claudia – no lo curaría.

Los dolores que este hombre padecía eran tales que, si le hubiera pedido todas sus riquezas por sanarlo me las habría dado.

Compré a Claudia.

Improvisé una apoteca en una de las estancias de su villa y cree la medicina que lo haría sanar. Se la di a beber durante tres días, pero al cuarto el Senador murió.

Recogiendo mis cosas para volver a Bérgula me di cuenta de que había errado en la receta, la poción que le había suministrado era inocua, no sirvió para curarlo.

Azotado por un millón de pensamientos volví por la calzada en mi caballo, mitad feliz por haber podido comprar a Claudia, mitad apenado ya que era la primera vez en toda mi trayectoria en la medicina que me había equivocado.

Sediento, me detuve en un miliario para descansar del trote del caballo y refrescarme.

Allí, escrito en carboncillo hallé este texto:

“Serva me, servabo te”

“Sálvame y te salvaré”

Y vi el designio de Lustitia, diosa de la justicia, en todo cuanto había pasado en mi vida.

Fin

Documentación

Wikipedia (mucha, mucha)

Ayuntamiento de Ulea

Blog Historia de la vieja Iberia

Repositorio UAM, fortificaciones urbanas de época bajoimperial en Hispania

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