relato historico romantico

Un regalo del río

Un regalo del río

La estación de trenes era una nube gris de vapores, de humos, de personas que se apresuraban a coger el expreso; corrían hacia los vagones sujetándose sus sombreros, sordamente ignorando las voces de los vendedores de navajas de Albacete que exponían su mercancía en cada recóndito bolsillo de su chaleco y su camisa.

Azucena tenía la mirada ausente, como huída de un semblante frío e inexpresivo. Su figura, sus ademanes y sus movimientos que en otro tiempo impresionaban por inundar de entusiasmo y vitalidad a cualquier ser que estuviera en su presencia, no transmitían hoy más que compasión, una leve pena. Ensimismada, no contestaba aún siendo hablada, y si salía de ella alguna frase era: un “no sé” o un “me da lo mismo”, en un tono de voz que únicamente expresaba vacío.

Y quién sabe qué es lo que pasaría por su mente, si es que acaso pasaba algo: lo cierto es que la fuerza de la tormenta de dolor por la traición del que ella consideraba su amado la había sumido en un estado de salud física y mental tal, que se llegó a temer por su vida. Sus nervios ya habían sido castigados por las sospechas, poco a poco fue llegando la confirmación de las mismas, y su cuerpo físico buscó la supervivencia apagando su torrente de pensamientos, sumiéndola en un estado febril. Tras dos semanas de inconsciencia, las fiebres cesaron, dejándola demasiado débil para sentir furia, o dolor, o pena, demasiado débil para sentir, nada.

En su última visita, el doctor que la trataba rehusó prescribir más medicamentos alegando que su trabajo había finalizado, afirmaba que quien obra el milagro de sanar, no es el médico sino el paciente, la verdadera labor del médico es mantener al paciente con vida mientras la naturaleza hace su trabajo. Azucena estaba fuera de peligro, y ahora, la que debía sanar era ella misma.

Su última recomendación era llevar a la paciente al Balneario de Archena, ya que en un caso como éste, la recuperación en el entorno en que se había desencadenado ese estado mental sería muy lenta y difícil, por no decir imposible. Lo mejor sería procurarle la mayor calma y tranquilidad posible de espíritu.

Y así, lo más rápidamente que se pudo, se preparó el traslado por tiempo indefinido al Establecimiento, en el balneario de Archena.

El viaje en tren se hizo largo, marcado por el silencio. Los viajeros del mismo compartimento en el que Azucena se sentaba, al principio, trataron de mantener conversación con ella, pero no obtuvieron ni una mirada fugaz, ni más que un mutismo plomizo. Su yaya, que la acompañaría a lo largo de todo el viaje y la estancia, intercedió en su favor pidiendo que la disculparan debido a su cansancio.

Cuando llegaron a la estación de trenes de Archena, bajaron las dos del vagón y tomaron una tartana que las conduciría al Establecimiento. El tartanero encarnaba la imagen de la jovialidad, realmente parecía disfrutar cargando las maletas en el carro, tras haber acariciado con mimo sus caballos. Al iniciar el trayecto comenzó a cantar y a silbar con algarabía, Carmencita, la yaya de Azucena, contagiada por la vivacidad que irradiaba el hombre le dijo en tono gracioso:

-Por lo visto hoy tiene usted un buen día-.

-Si, señora, lo tengo. Lo tengo hoy y todos los días- respondió el tartanero. Aunque las mujeres no podían ver bien la cara del conductor, del modo en que sonaba su voz se desprendía que estaba esbozando una enorme sonrisa. Y, tras un breve silencio, continuó: – cada segundo es un regalo-.

-¿Un regalo? -. Preguntó Carmencita intrigada.

-Si, señora, un regalo, un regalo de la naturaleza.- El tartanero paró un instante, y afirmando suavemente con su cabeza, como otorgando toda la importancia del mundo a lo que estaba a punto de decir, siguió: -Y le digo, que yo no siempre fui así, no fui tan alegre hasta que un día, en mitad de una tormenta torrencial, mi tartana fue arrollada por una tromba de agua en una rambla. Aquella noche me encontré cara a cara a la muerte, entonces comprendí, de verdad, lo valiosa que es la vida. Me inundó por fuera el agua, y por dentro el deseo de vivir. De suerte que pude agarrarme a un árbol, lo trepé, y los dos aguantamos el caudal. Y desde entonces, a cada mañana doy gracias, a cada hora doy gracias, a cada minuto doy gracias, doy gracias por lo bueno, y por lo malo, y doy gracias porque estoy vivo. Y, ¿sabe qué?, el simple hecho de estar agradecido ya me hace estar contento. Agradezco aquella tormenta, porque de no ser por ella, no sería tan feliz-.

Por primera vez en mucho tiempo Azucena había salido de su abstracción, escuchó una a una, cada palabra que dijo el tartanero. El sol acariciaba apaciblemente su blanca piel, que tanto tiempo había pasado enclaustrada; sentía algo así como un deseo de desperezarse, y lo habría hecho, de no haber sido por la inconveniencia social que este gesto suponía. Oír el canto de los pájaros, también le resultaba novedoso, y la imagen y el rumor del agua del río corriendo regalaba una sensación…que le resultaba algo más que agradable.

A lo largo de la hora de trayecto entre la estación del tren y el Balneario el tartanero sólo paró de cantar para hablar, o reírse.

Una vez acomodadas en su habitación del Establecimiento las mujeres fueron a visitar al médico – director, quien ya había sido puesto al corriente de sus circunstancias  por el doctor de Azucena a través de un correo urgente; por este motivo, el doctor evitó cortésmente inquirir preguntas que pudieran afectarla.

Carmencita también deseaba aliviar sus dolores de huesos, pero sobre todo, su asma, de modo que el médico examinó a ambas mujeres. Mientras expedía sendas papeletas, les deseó sinceramente una agradable estancia y les propuso comer juntos algún día.

Tras la visita al doctor ambas mujeres salieron a dar un breve paseo por las inmediaciones del Balneario antes de ir a comer. Recorriendo el hermoso paseo que se extendía a lo largo de la ribera del río Segura se detuvieron a contemplar una fuente, en la que el caño brotaba de una estatuilla de un niño. Todo estaba rodeado de vegetación, desde arbustos a grandes árboles, y salpicando el cielo, altas palmeras. De vez en cuando pasaban volando los redondos pomponcillos que albergan la semilla del diente de león. Esto le recordó a Carmencita su niñez, cuando jugaba con sus hermanas a cortar el tallo de esta planta para soplar al viento sus semillas tras haber pedido un deseo.

-¡Oh, qué bonito, Azucena!, vamos a buscar una de esas flores, vamos a pedir un deseo.- Propuso la señora a la joven. En sus ojos, brillaba el entusiasmo, el recuerdo de su infancia inocente y soñadora había inundado sus sentidos.

-Me da igual.- Contestó. Ella también había jugado de pequeña a soplar dientes de león, le hacía gracia ver esas bolitas flotar en el viento; pero la inercia, la costumbre de sus respuestas, le había hecho contestar con indiferencia. No sabía si quería pedir un deseo, o no. No sentía anhelo por nada.

Carmencita encontró una planta llena de flores, algunas lo suficientemente grandes para poder lanzarlas al viento. Cogió una de ellas, algunos pompones se escaparon con el movimiento, y otros quedaron en el tallo, la levantó, pensó su deseo y sopló. Su único anhelo en aquel momento era que su nieta recuperara la alegría y las ganas de vivir. Las semillas volaron, y los vientos acabaron por dejarlas caer en la corriente del río.

Martín se había alistado en el ejército tal y como lo hiciera su padre cuando tenía su edad. En lo físico, era un muchacho vigoroso y enérgico, agraciado con un talante afectuoso y dotado de una capacidad innata para comprender las emociones de sus interlocutores, aunque los desconociera completamente. Esta última cualidad era la que más le había beneficiado a lo largo de su carrera militar, pues además de percibir el estado de los demás, era capaz de adaptar el suyo, de adecuarlo a los requerimientos de las circunstancias.

Tenía que hacer un desplazamiento al hospital militar de Archena, después del cual disfrutaría de un permiso de dos semanas.

– Gracias por su colaboración soldado Hernández, tengo entendido que comienza usted mañana su permiso…Quiero hacerle una advertencia, está prohibido hacer uso de los baños termales a los militares que no estén heridos.- Le dijo su superior con voz atronadora.

Aquella prohibición pillaba desprevenido a Martín, no lograba comprender el motivo de tal negativa, le parecía un tanto absurda. Intrigado, de forma discreta dejó ver su duda al capitán:

– Está perfectamente entendido, mi capitán…pero, podría preguntar ¿cuál es el motivo?

– Es muy sencillo, soldado, esas aguas ablandan el espíritu luchador que todo soldado debe poseer. Le reitero la prohibición, es una orden.

Si Martín tenía algún defecto al que no podía sustraerse, era la curiosidad. En primer lugar, él no creía que ningún baño pudiera ablandar su espíritu luchador, pero la fuerza de la aseveración del capitán había sembrado en él la duda…era consciente de que la duda lo atosigaría durante un tiempo, pero por otro lado, para poder resolverla debía desobedecer la orden de su superior, lo que podría acarrearle funestas consecuencias.

El azar quiso que Martín no pudiera marcharse del Hospital Militar aquella tarde por no disponer de carro, tendría que hacerlo a la mañana siguiente. Tampoco había cama libre para pasar la noche. Su capitán, sabedor de que Martín pertenecía a una familia acomodada le sugirió que se hospedara aquella noche en el Establecimiento, reiterándole la prohibición de hacer uso de las aguas.

Martín hizo el pago de su habitación en la administración y se dirigió con el equipaje a ella. Subió por un lateral de las amplias escaleras de madera casi a tientas pues no podía dejar de mirar hacia arriba admirado de la majestuosa cúpula y la decoración neo-nazarí. Los cristales dejaban pasar luz que alumbraba el lugar con una claridad diáfana. Tenía la sensación de estar siendo transportado a tiempos andalusíes, a palacios lejanos de los zares… Mientras tanto, dos señoras salían de su habitación,  y aunque el lado por el que el soldado pasaba era el más cercano a ellas, las mujeres bajaron por la escalera del lado opuesto. El sonido de la voz de la señora mayor sacó a Martín de sus quimeras, volvió la vista hacia ellas: los rayos de sol que penetraban a través de la cúpula incidían directamente sobre la hermosa tez de la más joven, avivando su imagen. Este instante no duró más de un segundo y, sin embargo, había sobrecogido de tal manera  la mente de Martín, que después no pudo concentrarse en ninguna  otra cosa. Cuatro veces trató de entrar en la que creía era su habitación, y en tres ocasiones fracaso por ser estancias ajenas. Cuando finalmente accedió al interior, se tumbó en la alcoba, boca arriba, con sus manos bajo la nuca, mirando a la nada, y se quedó un buen rato así, soñando despierto.

Cuando volvieron del comedor, en la habitación de las señoras, sobre la cama, los empleados del Establecimiento habían dejado una invitación para entrar al parque y una carta en la que se les rogaba que honraran con su presencia el casino cualquier día que desearan. Esa noche un pianista amenizaría la velada. A Carmencita le entusiasmó la idea muchísimo: primero visitarían el parque y, si después no se encontraban muy cansadas, irían al casino. Todas las distracciones eran bien recibidas con tal de sacar a Lisa de su ensimismamiento.

Una vez reposada la comida bajaron por el lateral de las escaleras más alejado de su habitación, el más próximo, en un tramo, estaba completamente ocupado por un joven militar que miraba absorto la cúpula, entre él y su equipaje invadían todo el ancho de la escalera.

Para poder acceder al parque había que cruzar el río en una gran barca blanca. Junto a Carmencita y Lisa subieron dos señoras con tres niños. Las niñas corrían de un lado a otro de la barca dando saltos mientras cantaban:

-¡ Al pasar la barca, me dijo el barquero las niñas bonitas no pagan dinero….!

El niño, levantaba sus brazos y decía: – ¡Señor! Estas niñas están locas.- Y después se ponía él también a correr detrás de ellas. Una de las señoras se volvió hacia Carmencita y Azucena, y disculpándose les dijo:

-Perdonen si las mellizas les están molestando, pero es que son tan traviesas…basta que ahora les diga que paren de saltar para que lo hagan con más brío.- Y dirigiéndose a las mellizas, exclamó: ¡señoritas, vengan a probar qué blandito está el asiento de la barca!- Las mellizas obedecieron y se sentaron junto a Azucena y Carmencita, una de ellas llevaba una especie de batuta en la mano, se dirigió a su hermana y tocándola en la cabeza le dijo:

-Ahora te convierto en una jirafa bebé.- La hermana empezó a bramar lo que ella pensaba que sería el sonido que emiten las jirafas. La melliza de la batuta se dirigió entonces a Azucena y le dijo:

– Y tú serás una princesa.- Los ojos de la pequeña centelleaban de alegría, parecía estar dispuesta a cualquier cosa con tal de que se uniera al juego. Y continuó diciendo: -¡venga, venga, tienes que ser una princesa!-

Por primera vez en mucho tiempo Azucena esgrimió una leve sonrisa…y a continuación preguntó:

-Bien, ¿y qué es lo que hacen las princesas?-

Aquella frase, aquel tono de voz, aquella media sonrisa, fueron música celestial para los oídos de Carmencita, casi como si de un acto reflejo se tratara, propuso a las señoras:

-Estaría bien que diéramos el paseo todos juntos, así las mellizas traviesas y este apuesto muchachito nos alegrarían el trayecto.

– Es una idea fenomenal.-Contestaron las señoras al unísono-

Descendieron los siete de la barca comenzando un entretenido paseo por el Parque. El lugar, completamente repleto de vegetación, se asemejaba a un vergel: los sonidos del agua correr por las acequias hacia el río, los tramos de sol y de sombra, los aromas mezclados de todas aquellas plantas, hacían del lugar una distracción de lo más placentera.

A lo largo de la travesía, las mellizas terribles y el muchacho jugaban alrededor de Azucena, unas veces eran leones, otras arañas, o cualquier otro animal. Discutían por ir cogidos de la mano de “la princesa”.

-Ahora tú eres el créncipe.- Le decía una al muchacho.

-No, hermana. ¡Que se dice príncipe!-

-Yo no quiero ser el príncipe, yo quiero ser mosquetero.-

– No porque los mosqueteros son malos y quieren luchar contra la princesa.- contestaba una melliza.

-Me da igual, yo quiero ser mosquetero.- respondía el niño.

-Entonces, señoritita.- Ordenó una de las mellizas a Azucena: – ¡tú tendrás que ser una princesa fuerte y luchadora para que el mosquetero no te haga daño!, y si no, nuestro primo no podrá ser mosquetero.

Azucena miró al muchacho, que tenía la cara un tanto enfurruñada, con el ceño fruncido, los labios arrugados y los brazos cruzados, como mostrando su futuro enfado si no le dejaban ser mosquetero. Entonces la joven se echó a reír y prosiguió diciendo:

-Está bien, seré una princesa fuerte y luchadora.- Y continuó pensando: “¿cómo habría de hacerme daño un niño?” y en torno a aquella pregunta continuó sus disertaciones.

El paseo se alargó tanto que, una vez hubieron cenado, Carmencita prefirió que Azucena descansara: quería tenerla distraída, no agotarla. Así pues, aquella noche no fueron a escuchar al pianista en el casino.

La perspectiva desde la que veía el mundo Azucena había dado un pequeño giro la tarde del día anterior. Y ahora, sumergida en el agua caliente de la gran pila de mármol blanco, comenzaba a relativizar toda su experiencia pasada. La orden de las mellizas de que debía ser una princesa fuerte y luchadora, la veracidad y convicción con la que aquellas niñas se desenvolvían en un juego imaginario la hizo poner en tela de juicio el peso de su decepción amorosa. Aquel agua la relajaba tanto…cualquier padecimiento se le hacía minúsculo y diminuto, lejano y poco importante en aquella bañera. Ahora sí, de verdad, le daba igual. No es que no sintiera nada, es que la causa que le había costado tanto sufrimiento le parecía ahora algo insignificante…como un juego de niños.

Carmencita se encontraba sentada sobre el banco de piedra de la sala de vapor. Una densa nube de agua caliente la rodeaba,  penetraba en cada resquicio, cada rincón de la estancia. Confiaba en aquel calor porque su vecina Aurora viajaba a los Baños cada seis meses para aliviar así su asma. Inspiraba suavemente y expiraba, en cada inhalación el calor húmedo relajaba por dentro  cada célula de su cuerpo, también sus pulmones. Al cabo de unas cuantas respiraciones se acordó de Azucena, sin ser consciente de ello, esbozó una sonrisa: la tarde anterior había ido bien, había ido realmente bien. Decidió comprar un abono para volver al Parque cuantas veces quisieran, el paseo de la barca, aquellos niños traviesos…todo este entorno estaba ayudando a Azucena…en aquel momento Carmencita se propuso llevarse a su nieta del Balneario completamente repuesta, no dejaría de distraerla ni un solo minuto. Decidió también avisar al doctor para que hoy comiera con ellas.

Después del largo rato tumbado en su cama recordando la imagen de la muchacha que acababa de ver, Martín tomo la firme decisión de quedarse al menos una semana de su permiso en el Establecimiento. Para poder hacerlo primero debería hablar con el capitán y asegurarle que no se bañaría en las aguas. Cualquier otra solución, le podría traer terribles consecuencias.

Aquella misma tarde volvió al hospital militar y pidió ser recibido por su superior.

-Soldado Hernández, ¿qué es lo que sucede?-

-Mi capitán, he venido para solicitar su autorización para quedarme alojado en el Establecimiento una semana de mi permiso.-

-¿Y a qué se debe ese capricho, soldado?¿No estará usted pensando en desobedecer la orden que le di?

-No mi capitán, se trata de….- El soldado Martín Hernández dudó un poco sobre si hacerle la confesión al capitán, finalmente optó por ser franco y que pasara lo que tuviera que pasar, inició su confesión ruborizándose:

– Mi capitán, sucede que, he visto a una dama a la que quisiera cortejar.

Al capitán le hizo mucha gracia la explicación del soldado, sobre todo porque el color bermellón le había llegado hasta las orejas. Recordaba cuando él mismo se enamoró de la que hoy era su esposa, en aquella situación él hubiera lidiado contra cualquiera que le hubiera impedido aproximarse a ella, y hubiera hecho lo que fuera con tal de impresionarla…esto último no había cambiado mucho: todos sus méritos, todas sus condecoraciones y sus logros no eran satisfactorios sin el orgullo que reflejaban los ojos de su mujer al enterarse de cada uno de ellos. Tenía la convicción de que la naturaleza había dotado al hombre de un aprecio a la competencia del que la mujer carecía, y que la misión de este atributo era, sencillamente, que la mujer fuera capaz de distinguir al mejor preparado de toda la especie.

-Está bien soldado, tiene mi permiso para alojarse en el establecimiento una semana si ése es su deseo, espero que le vaya bien.

Después de despedirse, el capitán se dirigió a la enfermería, contento, sonriendo. El muchacho le había traído gratos recuerdos en torno a la que él consideraba la mayor de sus conquistas…ese día le regalaría un ramo de rosas a su mujer.

Martín se dirigió a la administración para informarse de qué posibilidades ofrecía el Balneario, aparte de los baños, que le estaban vetados. Compró el abono para el Casino y el Parque. Vio allí mismo que en otro mostrador se podían adquirir botes de lodo mineral lacrados, botellas de agua mineral, y otros recuerdos. Tuvo una brillante idea para obtener más información sobre la joven. Su astucia y habilidades dialécticas le permitieron granjearse la simpatía del empleado del Establecimiento a quien, finalmente, con una sinceridad absoluta, confesó que le encantaría hacerle un regalo a la muchacha y también a la señora mayor. Adquirió todo un surtido de productos que el empleado al día siguiente dejaría convenientemente en la habitación junto con una nota en la que Martín expresaba su admiración por la señorita Azucena. Le habría gustado saber más pero el empleado únicamente accedió a decirle el nombre de pila y que, según creía (al no haber visto anillo alguno en sus manos), estaba soltera.

El médico-director esperaba a Carmencita y Azucena en una mesa apartada que previamente había reservado. Cuando entraron, el hombre quedó sorprendido al ver el semblante tranquilo y lozano de Azucena, sus ojos desprendían vivacidad, curiosidad e interés, una estampa muy diferente a la que vio a su llegada. Carmencita irradiaba felicidad de ver así a su nieta. A lo largo de toda la comida hablaron distendidamente sobre sus cosas, procurando no hacer referencia a temas que pudieran resultar espinosos. La alegría de la señora mayor se contagiaba fácilmente a la joven y al médico. Este último quedó tan impresionado, que nada más terminar de comer se dirigió a su despacho para escribir una misiva al médico de Azucena:

Estimado Doctor;

Me pongo en contacto con usted para darle la grata noticia de la recuperación anímica que se ha operado en su paciente en un brevísimo espacio de tiempo.

Hoy he tenido el placer de comer con ella y con su abuela: nada tiene que ver hoy con la muchacha apagada y vacía que conocí el primer día.

He de confesar que ya he visto operar cambios similares en los pacientes del balneario, si bien, el caso de Azucena me ha impresionado por la rapidez y la profundidad.

Definitivamente creo que existe una explicación a la causa de estos cambios milagrosos:

Me gustaría hacerle referencia a una nueva teoría que se está empezando a hacer eco entre la comunidad científica, es posible que usted ya haya oído hablar de ella, se trata de “la evolución de las especies mediante un pasado común” del doctor Charles Robert Darwin. Una de las ideas que se desprende de esta teoría es que sobrevivirán aquellos seres vivos que sean capaces de adaptarse a un medio; y por lo tanto, debemos aceptar que cualquier medio nos influye y modifica.

Este entorno ha influido de manera muy beneficiosa en Azucena. Volveré a escribirle cuando su paciente vaya a abandonar el Balneario.

Reciba un afectuoso saludo.

Al llegar a su habitación después del baño, Lisa había encontrado una cesta llena de obsequios para ella y otra para su yaya; en la suya había una nota en la que un caballero llamado Martín le expresaba su admiración. Aunque no pudo evitar acordarse de aquél que tanto daño le había hecho, le hizo mucha gracia este detalle, para ella fue muy sorprendente, pues su anterior supuesto amor jamás la había agasajado.

Las dos mujeres se fueron a comer con el doctor. Cuando entraron en el comedor Azucena estaba llena de curiosidad, miraba a todos los comensales uno por uno preguntándose quién podría ser Martín y si es que su mirada se cruzaba con otra, disimulaba admirando los hermosos tapices que decoraban el salón.

Después de reposar la comida, las señoras salieron a pasear por el Parque. Pasaron cerca de un grupo de hombres que practicaba tiro al plato. Uno de ellos despuntaba de entre los demás porque no fallaba ni un solo tiro, a Azucena le pareció un muchacho muy apuesto y lo estuvo mirando hasta que el decoro no le permitió seguir haciéndolo. Se preguntaba si sería ése Martín, deseaba que aquel muchacho fuera Martín.

Más adelante se encontraron de nuevo con las mellizas traviesas y el muchachito, que se habían rezagado; continuaron el paseo junto a ellos, alcanzando al poco a sus madres.

Esa noche, las señoras pensaban asistir al baile del casino, e invitaron a participar en él a sus nuevas amigas. Inmediatamente, Azucena aceptó la invitación en nombre suyo y de su yaya. Era la oportunidad perfecta para encontrarse con Martín, y ¡ojalá que fuera aquel apuesto tirador!

 El soldado atisbó por el rabillo del ojo la silueta, que tanto había recordado en el último día, subir a la barca que cruzaba hacia el parque. Sólo el hecho de pensar que ella pudiera estar mirándolo le proporcionaba una seguridad y energía, que unidas a su adiestramiento militar hicieron que no fallara ni un solo tiro.

Por la noche se dirigió al casino donde, según había sido informado, aquella noche había programado un baile. Subió por las amplias escaleras que desembocaban en el salón. Recorrió con su vista toda la estancia buscando a Azucena, pero no la encontró, se dedicó entonces a observar la esplendorosa sala, la decoración de las paredes y el techo le pareció grandiosa.

La gente iba llegando y la orquesta comenzó a tocar; se formaban parejas de baile….

Entonces Martín divisó la figura de Azucena saliendo del salón de mujeres acompañada de Carmencita y otras dos señoras. Con paso firme y decido, se aproximó hacia el grupo y mirando a Azucena a los ojos afirmó:

-Sería para mí un honor que me concediera este baile.

Lo primero que hizo Azucena cuando llegó con su yaya al gran salón de baile fue dirigirse al salón de mujeres. Allí encontraron a las dos señoras, una de ellas sentada en una silla y la otra recostada sobre un diván, su yaya tomó partido por otro de los divanes de la estancia y ella, mientras las mujeres charlaban amigablemente, se retocó el maquillaje frente a uno de los espejos.

La orquesta comenzó a tocar y Azucena, con cierto nerviosismo, apresuró a las señoras para que salieran todas juntas al gran salón.

Nada más salir, Azucena vio al joven apuesto que tiraba al plato en el Parque aproximarse hacia ella, el caballero le pidió un baile y ella, radiante de alegría, contestó que sí. El gran salón desbordaba vida.

Cuando Martín cogió su mano, Azucena sintió una inmensa serenidad en todo su cuerpo, en cierta manera, aquel hombre parecía trasmitirle paz y tranquilidad.

Concluido el primer baile la pareja se disipó del centro del salón, accedieron al balcón central que daba al jardín del casino. Allí pasaron horas mirando las estrellas, y charlando entre miradas y sonrisas que delataban los sentimientos mutuos que había entre ellos.

Azucena relató a Martín su historia pasada de forma serena y tranquila,le parecía ahora un suceso tan lejano en el tiempo que hasta resultaba difícil de recordar.

Cuando hubo terminado, Martín le contestó en tono sosegado y firme:

-Cada obstáculo que encontramos en nuestro camino es un peldaño que ascendemos hacia nuestra felicidad. Podrás llamarme egoísta si quieres, pero a tu tragedia doy las gracias, de no ser por él yo no te habría conocido.-

Azucena se acordó del tartanero, de sus palabras: “doy gracias por lo bueno, y por lo malo, y doy gracias porque estoy vivo”. En su interior ella también dio las gracias, por el dolor pasado, por la dicha presente y, con todas sus fuerzas, dio las gracias porque estaba viva.

Tras una intensa mirada, los dos jóvenes se abrazaron.

Estimado Doctor;

Ha supuesto una grata alegría para mí recibir su carta con las buenas noticias a cerca de mi paciente.

Gracias por toda su inestimable ayuda.

He de admitir, que ya había sido puesto en conocimiento sobre la teoría de “la evolución de las especies mediante un pasado común” del doctor Charles Robert Darwin, con la que reconozco estar completamente de acuerdo.

Coincido con usted en que el factor determinante de la mejora anímica de mi paciente ha sido el entorno, y precisamente ése fue el motivo por el que recomendé que pasara una temporada allí. Ningún conflicto importante, ya sea interno o externo,  puede ser solucionado desde el mismo contexto que lo creó.

Y efectivamente, doctor, negar que un entorno nos influye y modifica sería como negar la evolución.

Le reitero mi agradecimiento por su atención con mi paciente.

Reciba un afectuoso saludo.

No es ficción en un regalo del río

El relato histórico que acabas a leer forma parte de la colección ambientada en el Balneario de Archena «El Secreto de las estrellas». Concretamente, este tercer relato está ambientado en la época moderna (S.XIX), en el hotel Termas.

En este relato todo es real salvo los personajes y la trama . Todo lo que se describe puede verse hoy en día prácticamente igual en el Balneario de Archena con algunas excepciones:.

La barca que enlazaba el balneario con el parque dejó de funcionar. Hoy ambos lugares son propiedades distintas y ya no se encuentran comunicados.

Lo que anteriormente era el comedor hoy es el salón del piano del hotel Termas. Los tapices del comedor hoy se exhiben en los pasillos del mismo hotel. Y la recepción se encontraba en la actual sala de lectura. El gran salón de baile y el salón de mujeres del casino se encuentran cerrados al público

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